Capítulo 9
La casona del campo

©Copyright Margarita MedGut
El día martes a las 6 en punto de la tarde, me dirigí a casa de Yertra; finalmente, todo iba a terminar, habíamos hecho el trabajo que se nos pidió y, con suerte, el Sr. Malakai Vance nos dejaría salir fácilmente. Pensaba ya muy abrumado.
Toqué el timbre, y Yertra salió apurada.
-Has llegado a tiempo, puedes estacionar tu coche en el estacionamiento; van a venir por nosotros, así que apresúrate, no hay mucho tiempo.
La miré y obedecí; todo iba a terminar muy pronto y me desharía de ella. Una vez que volví con Yertra, una carroza blanca ya se había detenido en la calle; era la misma que llegó aquel día en el bar, cuando Yertra me presentó al Sr. Malakai Vance. —Sube rápido. —Me dijo Yertra nerviosa.
—¿A dónde vamos? —cuestioné.
No hagas más preguntas, vamos a la casa del campo donde vive nuestro jefe; te sugiero que no lo hagas enojar. – Respondió Yertra nerviosa.
Durante el camino no dirigimos palabra alguna; salimos de la ciudad y recorrimos una media hora de camino en aquella carroza tétrica; luego, esta se dirigió por un camino de terracería durante otra media hora. Finalmente, llegamos a una casona con buena calidad, estilo griego, de una sola planta, estructurada alrededor de un patio que proporcionaba luz y ventilación; alrededor poseía unos pequeños ventanales.
Nos bajamos y la puerta principal yacía entreabierta; entramos a un pequeño corredor y luego subimos por unos escalones claramente reducidos. Sobre la pared había una especie de candiles que alumbraban nuestro caminar. Llegamos a un espacio tipo salón, no muy grande, pero sí bien dotado de todos los servicios necesarios. Había un escritorio de madera y un sillón estilo diván, donde se encontraba el Sr. Malakai Vance bebiendo whisky en las rocas, y junto a este escritorio estaba postrada una pequeña mesita con una televisión y un reproductor de vídeo. Para ser honesto, me comencé a estremecer un poco, ya que todo el salón estaba repleto de cabezas disecadas de personas reales, la mayoría colgadas en el techo. Por otro lado, yo y Yertra prácticamente estábamos solos en medio de la nada con un ser bastante extraño, junto con el chofer que a mi ver pareció bastante estrafalario. Sin más, el Sr. Malakai Vance pronunció palabra.
-Han venido.
Sí, amo, hemos venido a escuchar tu petición. -Respondió Yertra con un tono de respeto.
-Quiero darles las gracias por el gran trabajo que hicieron; las chicas que consiguieron han sido buena mercancía para los clientes. -Agregó el Sr. Malakai Vance mientras encendía la televisión y el reproductor de vídeo.
Cuando miré lo que había en aquella grabación, me quedé frígido; eran las tres chicas que habíamos levantado de Ciudad Negra. Fueron ultrajadas y quemadas en una especie de hoguera de la forma más vil que cualquier ser humano se pueda imaginar. Esta vez, aparecían 6 hombres diferentes a los de la cena del salón.
Indignado, repliqué.
¿Por qué hicieron eso con las chicas?
—Aquí yo soy el que hago las preguntas; en todo caso, no tengo que responderte, ya que tú eres mi lacayo, ¡insolente! —exclamó el Sr. Malakai Vance un poco alterado.
-Perdónelo, está un poco nervioso, pero ya se irá acostumbrando; yo misma así me ponía cuando recién entré en esta secta. —Agregó Yertra asustada.
Yo no pude seguir hablando; más que como ser humano, me sentía como un monstruo. ¿Cómo pude hacer eso a esas pobres chicas?
—¡Despierta, insolente! —clamó el Sr. Malakai Vance, ahora sí muy molesto por no escucharle. Estaba tan sumido en mi propia culpa que no lo escuchaba.
—Estoy aquí —agregué—. No es necesario que me levante la voz; en todo caso hicimos el trabajo, y usted prometió darme una oportunidad de salir de esta secta.
—Correcto, muchacho, ya nos estamos entendiendo. Quise que vinieran porque el trabajo que les voy a encomendar a ambos es muy peligroso; se requiere seriedad y discreción. De hecho, no es necesario que sigas trabajando; a partir de hoy tendrás un sueldo bastante jugoso, eso con la finalidad de que dediques tiempo completo a esto. -Agregó el Sr. Malakai Vance con seriedad absoluta.
¿Qué es lo que tenemos que hacer? Estoy a su disposición, gran señor, quiero tener esta oportunidad, porque sé que usted no da segundas oportunidades. -Dijo Yertra un tanto zalamera o lisonjera.
Miré a Yertra con cierta cólera, y a la vez con cierta lástima, pero solo seguí cuestionando sobre el trabajo que teníamos que realizar.
-Si terminamos los encargos, ¿cómo nos garantiza que nos dejará salir de la secta? —¿No sería más fácil matarnos? —¿Por qué una persona como usted nos daría una oportunidad si tiene poder? —le dije un poco aturdido.
-Cuando esto termine, sabrás toda la verdad; una cosa sí te digo: en este mundo nada es casualidad, y si Yertra te contactó, fue por una orden directa. —Agregó el Sr. Malakai Vance.
—Me ha dejado más confundido —agregué; en todo caso, solo quiero saber de qué se trata el trabajo, para hacerlo y terminar de una vez por todas con todo este alboroto; ya me siento muy culpable con lo de mi padre y esas chicas. —Dije turbado, recordando el cuerpo de mi padre y a esas pobres chicas.
—Pueden retirarse de mi casa; en unos días van a tener noticias mías. Ambos trabajarán juntos; les haré llegar las indicaciones por correo virtual. Estén atentos, lárguense de mi casa. —Agregó el Sr. Malakai Vance mientras sacaba de su cajón un cortapuros.
El chofer nos indicó que era hora de abordar su carroza; salimos de esa casa, luego regresamos a la ciudad de Cartana. No me gustaba tanto el misterio, había algo que no me cuadraba, y tenía que descubrirlo; por otro lado, ¿para qué nos hizo ir a su casa? Bien pudo haber enviado al correo las indicaciones. Habría que esperar unos días y ver los encargos; sinceramente, quería acabar con todo. Lo único que hice al llegar a mi casa fue beber y beber tequila; me sentía fatal y el peor ser humano de toda la tierra. Esos vídeos que miré me hicieron cuestionarme en qué clase de secta me había metido.
