Rosas sobre el sepulcro 8

Cuento número 8
El baile

Man comforting distressed woman at a rainy night bus stop

© Copyright Margarita MedGut 

«Era su mirada un abismo dulce y perturbador, el único refugio en esta sombría existencia, esta prisión llamada vida de la que no poseía salida.«
—Sr. Fauces

La fiesta seguía en todo su auge dentro del bar. Yo recién había llegado; había quedado con mi prometido de vernos a las 11:00 p. m. en el lugar, pero por alguna corazonada quise adelantarme un poco. Eran las 10:30 p. m. y no creía que él fuera a molestarse. Ahí estaba yo, de pie frente a aquella vieja casona ubicada al sur de la ciudad de Cartago, una edificación muy icónica, de estilo imponente debido a su arquitectura gótica. Mi prometido la había adquirido meses atrás y la acondicionó como un bar que llevaba cerca de un mes funcionando. Desde luego, habíamos tenido mucha suerte, los clientes abarrotaban el lugar, atraídos por la historia que albergaba la propiedad. Se decía que perteneció a un personaje asaz extravagante que, antes de vender el inmueble, había desaparecido sin dejar rastro. Los curiosos que hablaban del tema aseguraban que aquel hombre se había ocultado en las profundidades de la casa, donde existía una gran ciudad subterránea en la que se congregaban quienes ya no querían saber nada del mundo exterior. Fuera mentira o verdad, lo cierto es que mi prometido no creía en nada de eso. Él mismo había hecho el trato con aquel sujeto y, según me contó, el antiguo dueño se había ido a viajar por el mundo tras cerrar la venta. De la noche a la mañana no se supo más de él. Yo no le daba importancia al asunto, pues la gente solía inventarse fábulas; así que esa noche me quedé allí, esperando a que mi prometido saliera a recibirme. Sin embargo, quien cruzó la puerta fue el camarero que recién habíamos contratado.
—Señorita, ha llegado muy temprano —exclamó el empleado con evidente nerviosismo—. Le sugiero que espere a la hora acordada. Su prometido está muy ocupado.
Al notar la turbación en su rostro, comprendí al instante que algo andaba mal dentro del local. Entré con rapidez mientras el camarero me seguía muy apresurado y nervioso, suplicando:

—¡Señorita, deténgase! ¡Es mejor que no entre!
Al cruzar al área privada, presencié lo que tanto temía: mi novio estaba recostado y una mujer lo besaba y acariciaba sin pudor.
—No es lo que estás pensando, Legrum —exclamó él al verme, mientras las lágrimas comenzaban a resbalar por mis mejillas—. Tú eres mi prometida y esto que sucedió no tiene importancia. De hecho, esta noche pensaba entregarte el anillo.
—Eres un miserable, Gorbel. Nunca te creí capaz de una traición —le respondí profundamente dolida—. Ahora comprendo por qué me citaste a las 11:00. Mientras te divertías con esa zorra, ¡pensabas entregarme un anillo de matrimonio! Vete al carajo, Gorbel, tú y ella. Vaya forma de demostrar tu amor.
Salí hecha pedazos de aquel lugar. Gorbel me siguió hasta la entrada de la casona, pero le grité que dejara de perseguirme. Nada en este mundo me haría creer nuevamente en sus palabras; era evidente que todo había terminado.
La lluvia comenzó a caer lentamente mientras yo caminaba sin rumbo por las calles de Cartago, una ciudad lúgubre, sucia, impregnada de un tufo a inmundicia y muerte. Poco me importó mojarme; estaba empapada y, al llegar a una parada de autobuses, me dejé caer en la banca. Lloraba desconsoladamente. Mi única acompañante esa noche era la luna llena, que me seguía desde el cielo como si conociera el dolor que me desgarraba el corazón.
De pronto, por un segundo, escuché una voz suave susurrar en el viento:
—Legrum, Legrum.
Me levanté y me di la vuelta, pero no vi a nadie. Pensé que era un ruido producido por la lluvia torrencial. Sin embargo, al instante, una mano me rozó suavemente el hombro. Era un caballero ataviado con una vieja chaqueta negra. Me asusté, aunque en el primer momento pensé que se trataba de algún transeúnte que, al verme llorar sola a esas horas, había decidido tenderme la mano.
—Oh, dulzura —me dijo al oído—. ¿Qué haces sola a estas horas en las calles de esta fría ciudad? Eres muy hermosa.
—¿Quién es usted? —le pregunté temblorosa.

—Puedes llamarme Fauces —respondió con calma—. No tengas miedo, estoy aquí para ayudarte. Ven y bailemos en esta noche bajo esta hermosa luna, además la lluvia comienza a cesar —agregó alzando la mirada.
Comencé a temblar de pavor. Aquel hombre no era común, sus ojos eran de un negro profundo y brillante. Intenté echarme a correr, pero una extraña parálisis me congeló los músculos; era como si aquel misterioso sujeto me hubiese hechizado con la mirada.
—No quiero bailar —balbuceé—. Ni siquiera sé quién es; su presencia me resulta intrigante.
—No temas, querida, no te haré daño. Solo quiero bailar contigo. Esta noche cumplo cuarenta años y me jugaron una mala pasada, mi novia me engañó, se fue con uno de mis amigos —exclamó, y vi con claridad cómo una lágrima brotaba de sus ojos oscuros.
—Oh, qué pena… —agregué sintiendo una punzada de empatía—. A mí me acaba de pasar exactamente lo mismo.
Un sentimiento de compasión me embargó y, sin saber cómo ocurrió, a los pocos minutos me hallaba bailando con él, bajo la noche. Sentía una especie de encantamiento al contemplar sus ojos negros y brillantes. Era un hombre atrayente, misterioso, sensible y sumamente atractivo. De esa noche solo recuerdo haber caído en un profundo sopor.
Al día siguiente desperté en una habitación lúgubre. Había una pequeña ventana por la que solo se divisaba un muro de piedra maciza. Estaba atrapada. Aquel hombre se acercó y me explicó que la noche anterior me había llevado entre sus brazos hasta su hogar, que habíamos contraído nupcias y que, de ahora en adelante, mi casa sería ese sitio situado en las profundidades de Cartago, llamado Terdel. Fue entonces cuando recordé todas las leyendas que se contaban en la superficie. Pero lo más extraño de todo era que yo no sentía terror, sino un profundo encantamiento por aquel hombre llamado Fauces.
Periódicos de Cartago:
Chica desaparecida hace 5 meses. Su nombre es Legrum y es buscada desesperadamente por su prometido, Gorbel Letres. Si sabe algo de su paradero, favor de comunicarse al teléfono: 666-666-666. Se ofrece una recompensa muy jugosa a quien brinde información veraz. Se presume que la noche de su desaparición vagó por las frías calles de la ciudad, pero se desconoce qué sucedió.

Bajo Terdel:
Legrum leía el recorte del periódico de la ciudad de Cartago.
—Maldito infeliz, no tiene vergüenza después de todo lo que hizo —exclamó ella con desprecio mientras besaba con dulzura a Fauces, de quien se había enamorado perdidamente.
Fauces observó detenidamente la fotografía adjunta donde aparecía Legrum junto a su prometido, y sonrió de lado:
—Ese infeliz es el mismo hombre con el que me engañó mi prometida y a quien le vendí la casona. Amé a esa mujer. Ahora doy gracias a la vida de que se haya ido con él, pues gracias a eso llegaste tú, amada mía.

Fin…