El féretro

©Copyright Margarita MedGut

A goth teenager and an older man with a wooden staff stand in a busy Middle Eastern market during sunset.
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Había regresado a Sagrario Oscuro, una ciudad que mi memoria intentaba sepultar, pero que mis sentidos extrañaban con una morbosidad masoquista. Al bajar del transporte, me azotaron esos vientos abrasadores que son la firma del lugar; ráfagas que levantan una arena rojiza, creando un velo de polvo que danza como espectros entre las ruinas. Sagrario Oscuro no es una ciudad, es una maldición de adobe y salinidad. Los edificios, otrora majestuosos monumentos a la opulencia vitivinícola, son ahora esqueletos agrietados, carcomidos por el tiempo y el salitre que exhala el desierto. Caminé por calles desoladas donde el único lenguaje es el eco del viento y el crujir de la arena bajo mis botas, un sonido que rompe un silencio sepulcral, casi obsceno. El sol, un ojo de fuego inclemente, calcina la tierra hasta convertirla en un páramo de ceniza. El aire es una mezcla acre de polvo, azufre y, en los peores días, el vaho dulzón de la carne de animales putrefactos que impregna los pulmones. Al respirar, sentí el calor sofocante y la aspereza de la arena en la garganta, y recordé mi niñez como quien recuerda una enfermedad larga.
Acababa de concluir mis estudios universitarios en el extranjero. Regresaba no por anhelo, sino por un deber necrótico: mi madre había fenecido dos años atrás y era menester volver al lado de mi padre. Como su primogénito, Casimir, debía asumir el frente de la empresa de viñedos. Nuestra estirpe siempre había transformado la sangre de la uva en oro, pero el viñedo ahora parecía alimentarse de algo más oscuro que el agua. Mi objetivo era claro: auxiliar a un padre que el tiempo y el duelo habían convertido en una cáscara de hombre. Nuestra casa se alzaba en el horizonte como una aparición. Es una estructura de adobe y piedra que se mimetiza con el paisaje árido, una prolongación del desierto mismo. Sus paredes están hendidas por grietas que parecen venas expuestas y las ventanas tapiadas le confieren un aire de mausoleo olvidado. La puerta de madera maciza, ajada por el viento y el sol, crujió como una articulación rota al abrirse. Al traspasar el umbral, una ráfaga de aire fresco me recibió; un oasis artificial en medio del infierno exterior. La decoración no había cambiado en una década: muebles antiguos cubiertos por una piel de polvo, tapices cuyos colores se habían desangrado bajo la luz y retratos de ancestros con ojos melancólicos que parecían seguirme, escrutando si mi alma aún conservaba su pureza. Un silencio absoluto reinaba en el interior, roto únicamente por el tictac implacable de un reloj de pie, un metrónomo de la decadencia.
Entré en la biblioteca de mi padre, un refugio saturado de mapas desgastados y curiosidades mórbidas. Allí seguía el escritorio de madera tallada y la lámpara de aceite, cuya luz siempre me pareció insuficiente para disipar las sombras de los rincones. Finalmente, llegué a mi dormitorio. La cama con dosel de madera oscura estaba vestida con sábanas blancas que parecían sudarios recién lavados. En el aire flotaba un aroma que era la esencia misma de mi madre: incienso, madera vieja y una pizca de almizcle.
De pronto, el silencio fue interrumpido por la entrada de mi padre. —¡Hijo mío! Me avisó Merced que habías cruzado el umbral. No puedo creer que el niño se haya convertido en este hombre de mirada sombría —exclamó, envolviéndome en un abrazo que olía a vino añejo y tristeza. —Padre, los recuerdos aquí son prisiones —respondí con una voz que me sonó ajena. —Desde que ella feneció, Casimir, la casa es un cuerpo sin alma. Nada ha vuelto a ser igual —dijo él, y una lágrima solitaria surcó su piel curtida. —No he venido a cultivar el llanto, padre. Debemos ver las cosas como el abuelo enseñaba. La muerte es solo una frontera, no un muro.
Mi padre asintió, recomponiendo su máscara de hierro. —Es verdad. A veces los pensamientos me aprisionan. Pero hoy olvida los números del viñedo. Por la noche tenemos una cita ineludible con la congregación. Ha muerto Mr. Valerian Doren, y nuestra presencia es el pilar de la tradición. El nombre de la «congregación» me provocó una punzada de grima. —Padre, si todavía practican esa misa… no puedo acompañarte. Es una aberración. Mi padre me tomó por los hombros con una fuerza inesperada. —Es tu deber. Yo inventé esa liturgia el día que enterramos a tu madre. ¿Por qué ella debía pudrirse sola mientras los miserables de la ciudad vivían sin un peso en sus cuentas? Los «elegidos» firman un contrato voluntario por una paga que saca a sus familias de la inmundicia. Es un intercambio justo, Casimir. Oro por compañía en el abismo. Llegamos a la mansión Doren bajo una luna pálida que ofrecía un consuelo gélido. En el interior, las siete familias más adineradas de Sagrario Oscuro bebían café con una solemnidad mecánica. Tras dar las condolencias a la viuda Doren, una mujer de ojos de hielo, ella hizo una señal imperceptible a los camareros. Tres hombres corpulentos aparecieron tras una puerta que conducía al sótano. Cargaban un féretro vacío, de madera pulida pero sin adornos. Los seguimos hacia las profundidades de la casa. El sótano era un lugar de una humedad necrótica, con paredes cubiertas de musgo grisáceo y un suelo de grava que crujía como huesos triturados. La luz de las antorchas creaba sombras que danzaban en las paredes como demonios en una fiesta privada. En el centro, sobre una losa de piedra, descansaba el ataúd de Mr. Valerian. Al acercarme, juré que el finado exhibía una sonrisa siniestra, como si disfrutara del horror que estaba por desatarse. Pero lo más aterrador no era el muerto, sino la figura que entró escoltada por los guardias: una mujer de unos cuarenta y cinco años, de complexión esquelética y piel curtida por el sol. Vestía harapos de un marrón opaco y sus ojos grisáceos tenían una mirada penetrante, la mirada de quien ya ha aceptado el precio de su sacrificio. Ella era la «elegida». Mi padre y los demás habían depositado una fortuna en manos del marido de esta mujer para asegurar el futuro de sus hijos. Era un contrato de necropsia social. Con una eficacia escalofriante, los hombres la acomodaron dentro del féretro vacío. Antes de que cerraran la tapa, vi cómo ella llevaba algo a su boca con manos callosas; quizá un sedante para silenciar los gritos que el oxígeno reclamaría después. Sellaron el féretro con bisagras de metal que brillaron bajo la luz de las teas. Los dos ataúdes quedaron allí, uno junto al otro: el rico y la paria, unidos en una parodia de matrimonio eterno bajo la tierra. El aire en el sótano se volvió denso, casi sólido. El silencio solo era roto por el goteo de agua desde el techo, un cronómetro de la muerte lenta.
—Vámonos, Casimir. El trato está cerrado —susurró mi padre con una satisfacción oscura.
Esa noche, en mi cama con dosel, mi inconsciente me entregó a las pesadillas más malditas. Soñé con el sonido de uñas rasgando la madera bajo metros de tierra roja. Al día siguiente, el entierro fue una exhibición de hipocresía dorada. Cuando los dos ataúdes descendieron a la fosa común de la familia Doren, sentí una náusea que me dobló el cuerpo. Quería vomitar sobre las flores blancas de la viuda, quería gritar que el progreso de nuestra ciudad estaba abonado con la carne de los vivos. Han pasado meses desde aquel funeral. He asumido el mando de las finanzas, pero cada botella de vino que sale de Sagrario Oscuro me sabe a azufre y a orina de rata. No puedo olvidar la mirada gris de la mujer, ni el brillo de las bisagras sellándose en la oscuridad del sótano. Mi padre, por su parte, sigue sumido en su dolor y en su maldad estratégica, convencido de que ha creado un sistema de caridad perfecta. Camino por el viñedo al atardecer, cuando el sol abrasador comienza a ceder, y escucho el viento ulular entre las cepas. A veces, el crujir de la arena bajo mis pies suena como aquel rasguño desesperado dentro del féretro. He comprendido que en Sagrario Oscuro, la muerte no es un paso a otro mundo, es una industria. Y yo, Casimir, soy ahora el administrador de este panteón de lujos y sombras.
Mi madre feneció hace 10 años, pero en esta ciudad, nadie muere realmente solo; siempre hay alguien, pagado por el oro de los Vancroft o los Doren, para pudrirse al lado de los poderosos. La vida aquí es escasa, pero el precio por una mirada, o por un último suspiro compartido, es inasequible para el alma.
FIN…