Sr. Malakai Vance, Cap. 4

Capítulo 4: Los dos sobres

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El confinamiento forzado en la cama del hospital me otorgó un tiempo implacable para recapacitar. La muerte de mi padre me perforaba el pecho como una culpa constante; ni siquiera había sido capaz de coordinar sus arreglos fúnebres. Él siempre me repitió su deseo de ser sepultado al lado de mi madre, pero las frías autoridades de la ciudad lo habían enterrado o incinerado en la más absoluta indiferencia oficial. Al menos eso suponía en mi ignorancia. Sumido en la convalecencia, la rabia me carcomía los pensamientos: ni lo más básico, darle santa sepultura, había podido ejecutar con dignidad. ¡Maldita sea, no lograba apartar la mente de todo lo ocurrido!
Tras un mes de internamiento, los médicos finalmente me otorgaron el alta. Fue un milagro retorcido que el impacto de aquel tráiler no me hubiera fragmentado los órganos vitales, aunque ahora dependía de un par de muletas para desplazarme por unas semanas más. Mi nuevo departamento se localizaba a escasas siete calles del hospital. Emprendí la marcha a pie, arrastrando el metal de los apoyos por la Avenida 8, girando luego a la derecha por la Calle 6, hasta avanzar las últimas cinco cuadras que me separaban de mi nuevo hogar.
Al abrir la puerta, me topé con dos sobres deslizados en el suelo. El primero carecía de remitente, pero poseía un peso inusual y rígido; asumiendo que pertenecía al inquilino anterior, lo arrumbé sobre la mesa sin darle mayor importancia. El segundo sobre portaba el sello oficial de la oficina de Correos Virtuales donde trabajaba. Lo rasgué con premura y mis ojos se toparon con un cheque por una suma astronómica. Adjunta al documento, una breve nota manuscrita de mi jefe regional aclaraba que el dinero correspondía a una generosa compensación por el accidente, instándome a recuperarme pronto para regresar a ocupar mi puesto. Mi primera reacción no fue de gratitud, sino de ambición: iría de inmediato al banco a cambiar el cheque, adquiriría un automóvil e iniciaría una investigación exhaustiva sobre lo que le habían hecho al cuerpo de mi padre.
El banco se ubicaba a tan solo dos calles, lo que me hizo saborear por primera vez los beneficios de vivir en el centro de la ciudad. Sin embargo, la realidad me propinó un golpe de absurda burocracia cuando acudí a la agencia automotriz: se negaron en redondo a venderme un vehículo, argumentando que no era legalmente viable realizar la transacción a un cliente en muletas. Vaya idiotas, acaban de perder una venta segura, pensé con frustración. No me quedaba más remedio que regresar semanas después.
Decidido a obtener respuestas, abordé un taxi con rumbo a la oficina de incineración de la ciudad. Necesitaba saber bajo qué condiciones había fallecido mi padre mientras yo estaba ausente. El empleado que me recibió detrás de la ventanilla era un sujeto de fisonomía desconcertante: rozaba los dos metros y medio de estatura, poseía ojos diminutos y hundidos en las órbitas, y llevaba el cabello rígidamente peinado hacia un costado.
—Buenas tardes —dije, apoyando mi peso en las muletas—. Deseo rastrear el paradero de un cadáver.
—¿Cuándo fue el deceso? —preguntó con voz monótona.
—Hace un mes. El nombre de mi padre era Igor Yak.
El gigante tecleó perezosamente en su terminal.
—Déjeme verificar el sistema. Aún conservamos restos de hace cuatro semanas en lista de espera para la incineración. Con suerte, su familiar sigue en el depósito.
Tras unos minutos de escrutinio, el hombre levantó la vista, clavando sus ojos de canica en los míos.
—¿Cuál es su nombre, joven?
—Cedric Yak. ¿Ha encontrado a mi padre?
El cuerpo de su padre fue reclamado y retirado tres días después de su muerte por una mujer llamada Yertra Hill. Ella presentó una carta de consentimiento donde usted le otorgaba un poder absoluto para llevarse el cadáver. El documento venía avalado por una hoja firmada.
—¿Qué? —exclamé, sintiendo que la furia me nublaba la vista—. Yo no firmé ningún papel. ¿Cómo pudieron hacer eso?
—Lo lamento, Sr. Cedric Yak, yo solo le doy la información. Lo que tenga que arreglar, hágalo con esa joven, ya que ella tenía una hoja firmada por su puño y letra de manera idéntica. Enseguida le muestro la copia digital.
Al examinar el documento que me enseñó, el estómago se me desplomó al comprobar su veracidad. La firma era mía. Cada trazo, cada curva, la caligrafía exacta que utilizaba en mis documentos oficiales estaba plasmada en ese papel maldito.
Regresé a mi departamento sumido en un abismo de intriga y paranoia. ¿Cómo había sido capaz Yertra de hacerme semejante bajeza? ¿Para qué macabro propósito requería el cadáver de mi padre y, peor aún, cómo había conseguido mi firma autógrafa? Ciego de rabia, tomé un taxi de vuelta. Al bajar del coche, la torpeza de las muletas me hizo perder el equilibrio y caí de bruces contra la acera. El conductor, en lugar de auxiliarme, pisó el acelerador a fondo, dejándome tirado en el suelo. Entré a mi apartamento lleno de indignación.
Para mitigar el desastre mental y calmar los nervios, utilicé una aplicación para pedir comida a Popi Foods. Ordené un banquete que jamás habría podido imaginar en los días pasados: pizzas artesanales, ensaladas selectas, cortes de carne de excelente calidad y botellas de buen vino. Por primera vez en mi existencia, mi mesa lucía repleta de manjares. Sin embargo, no pude disfrutar de la comida. Los bocados me sabían a ceniza mientras mi mente daba vueltas en círculos: ¿Para qué quería Yertra el cuerpo de mi padre?
Me recosté en la cama, cuya suavidad y confort resultaban tan hipnóticos que invitaban a quedarse dormido de inmediato. Encendí el televisor para ahogar el silencio, cuando de pronto, un zumbido electrónico y desconocido vibró en la habitación. El sonido provenía directamente del sobre pesado que había ignorado al llegar.
Lo abrí con rapidez. En su interior descansaba un teléfono celular alargado, de un color negro mate muy profundo. Al darle la vuelta, descubre una estampa metálica adherida a la carcasa con un símbolo inconfundible: la cruz satánica de Miguel.
¿Qué significaba toda esta locura? Justo en ese instante, el aparato comenzó a timbrar. El timbre emitía el sonido característico que avisaba la entrada de una llamada y en la pantalla parpadeaba el nombre del remitente: Yertra.
Dudé un segundo con el dedo suspendido sobre el cristal. Mi primer instinto no fue la respuesta, pero la necesidad de confrontarla, de exigirle una explicación y averiguar el paradero real del cuerpo de mi padre fue más poderosa que mi propio miedo. Deslicé la pantalla y pegué el auricular a mi oído con cierta desesperación.