¿AÑO 3020?

Traveler in medieval village looking at a glowing floating city above fields at sunset

©Copyright Margarita MedGut


Apenas conservo el eco del día en que morí. Es un recuerdo borroso, cubierto por una neblina de formol y susurros. Podía ver el rostro de los asistentes desde mi inmovilidad y escuchar los murmullos bienpensantes que flotaban sobre mi letargo. Sin más, mi madre cerró lentamente la tapa de aquella caja, sumergiéndome en una penumbra absoluta; yo comencé a dormir… a deslizarme hacia un sueño que duraría siglos.
Tengo vagos recuerdos del día en que abrí los ojos en esta nueva era, desorientado por el llanto de un recién nacido que resultaba ser yo mismo. Sin embargo, aquí estaba, entregado a los brazos de una nueva familia: un padre, una madre y una hermana que me miraban con una ternura prefabricada. No había espacio para la sorpresa; al fin y al cabo, yo lo había pedido y yo lo había pagado en los mostradores del olvido. Eso era exactamente lo que me correspondía.
Corre el año 3020. La tecnología ha dejado de ser una herramienta para convertirse en una extensión de la teología. Ahora existen los Bancos de Transmigración, santuarios cibernéticos donde puedes ahorrar tu plata, registrar tus méritos financieros y elegir con precisión quirúrgica las coordenadas de tu próxima reencarnación. Suena abrumador, casi sacrílego para las mentes antiguas, pero en esta época la inmortalidad es un trámite bancario. Mi nombre es Enzo y habito en el territorio que alguna vez se conoció como México. Por azares de un destino defectuoso, he reencarnado una y mil veces, encallando siempre en la misma orilla, sin tener la suerte de encontrar aquello que justifica el viaje.
Se dice que el algoritmo de la reencarnación está diseñado para ayudarnos a encontrar nuestra misión a lo largo de varias existencias; un pulido constante del espíritu. Por esa razón, son raras las almas aristocráticas que resuelven su ecuación en una sola vida o dos. Los seres como yo, las parias del sistema, llevamos más de diez vidas tratando de encontrarle un sentido al tablero, arrastrando una fatiga crónica que ninguna infancia nueva logra borrar. ¿Y qué decir de aquellos que han acumulado más de veinte vidas? Son espectros atrapados en un bucle infinito, incapaces de saciar su sed.
Es increíble que, a estas alturas de la evolución, mi mente sea incapaz de encontrar el centro de gravedad que todos encuentran con tanta facilidad. En el año 3020 hay clasificaciones para cada tipología humana: están los idílicos, que solo piden una existencia pacífica cultivando la tierra en el campo; los urbanitas, que prefieren el ruido de las megalópolis de neón; y la élite de los aires, aquellos que pilotean las naves gigantescas que patrullan la atmósfera, custodiando los pocos recursos que le quedan a este planeta calcinado.
Yo no encajo en ningún sitio. Soy una pieza defectuosa en el engranaje. Por alguna razón oculta, cada vez que me toca nacer y estoy a punto de rozar mi objetivo, la muerte me reclama con una puntualidad siniestra. Quizás mi verdadera misión no sea alcanzar una meta, sino el acto mismo de morir y renacer por toda una eternidad; un castigo vestido de progreso tecnológico.
Sin embargo, hay una anomalía que el Banco de Transmigración no ha podido borrar de mi memoria celular: un sueño recurrente que regresa, idéntico y puntual, en cada una de mis vidas. Es el recuerdo de ella. Una mujer hermosa, de ojos hundidos y tristes, que avanza hacia mí desde la bruma de un tiempo que no me pertenece. Me abraza con una desesperación tan real que puedo sentir su frío en mi pecho. No sé quién es, pero la busco con la mirada en cada mercado, en cada nave y en cada estación de tren de mis múltiples vidas. Jamás se da el encuentro.
En esta encarnación actual, el banco me asignó a una familia del campo. Mis nuevos padres y mi hermana son personas sencillas, con las manos curtidas por la tierra rojiza; cultivan alimentos hidropónicos bajo el domo de la ciudad. Yo decidí aceptar este destino con resignación. Trabajaré el suelo y trataré de ahorrar cada centavo de plata posible para que, en el próximo ciclo, el banco me permita ascender a la casta de los aires. Nunca he habitado las alturas. Dicen los viajeros que es una experiencia estremecedora ver el mundo desde una de esas naves colosales que vigilan los restos de la Tierra. Ahorraré, sí… compraré un boleto hacia el cielo.
De pronto… ¡Un impacto seco me arranca del porvenir!
Abro los ojos con el pecho agitado por un espanto primitivo. El suelo está frío y me doy cuenta de que me he caído de la cama. La opulencia tecnológica del año 3020, las naves gigantescas y los bancos de almas se evaporan como el humo de un cigarrillo apagado. No hay transmigración. No hay plata ahorrada para el próximo siglo.
Me encuentro en la penumbra de una habitación claustrofóbica en los viejos y decadentes suburbios de la Calle 13. El aire huele a papel viejo, a tinta barata y a la humedad persistente de un invierno que no cede. No soy Enzo, el viajero de las mil vidas. Soy un simple redactor del periódico local del pueblo, un hombre atrapado en la rutina de transcribir las tragedias y las bodas de una sociedad que me es ajena.
Todo este cuento de la inmortalidad comprada no ha sido más que un mal sueño; una fantasía de mi mente abúlica para escapar de las facturas y del folio en blanco que me espera en el escritorio. Me pongo en pie, sacudiendo el polvo de mi ropa, mientras miro la ventana empañada. Afuera, la calle sigue igual de gris. Sin embargo, al mirarme en el reflejo del cristal, toco mis ojos… hundidos y tristes, y me pregunto si la mujer de mi sueño no estará buscándome también en algún periódico de otra realidad.

Fin…

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