Sr. Malakai Vance, cap. 10

Capítulo 10
El sobre negro

Black envelope sealed with a red wax stamp addressed to Miss Eliza Reed, on a wooden desk

© Copyright Margarita MedGut

Afortunadamente, los días transcurrieron en una relativa e inesperada calma. Empezaba a alimentar la ingenua esperanza de que las indicaciones nunca llegarían, de que el Sr. Malakai Vance se hubiera olvidado de nosotros. Era una mañana fría y nublada en Cartana. Sinceramente, no tenía el menor deseo de presentarme a trabajar, pero esa mañana se incorporaba mi nueva secretaria; debía estar temprano para ponerla al día si no quería acumular retrasos en mi escritorio. Además, el día anterior por fin habían terminado de instalar la tina de hidromasaje en mi baño; quería probarla antes de salir. Desayuné algo ligero, me duché con calma y, tras comprobar que me quedaba tiempo suficiente, me dirigí a la oficina. Al llegar a la recepción, me encontré con una joven sumamente hermosa. Al reparar en mi presencia, esbozó una sonrisa profesional y preguntó:
—¿Es usted el señor Cédric?

—Sí… ¿Y tú eres? —respondí, sintiendo un leve e involuntario rubor en las mejillas.
—Me llamo Lea. Fui asignada como su nueva secretaria —dijo con amabilidad.
—Lea. —¿Qué te parece si después de la junta mensual nos vemos en mi despacho para ponernos al día con los pendientes? —sugerí, mientras tomaba las carpetas que reposaban sobre la barra.
—Me parece perfecto. Por cierto, me tomé la libertad de dejarle un café en su escritorio; me comentaron que lo prefiere bien cargado.
—Te lo agradezco mucho, no te hubieras molestado —comenté con una sonrisa cordial antes de dirigirme a la sala de juntas.
Tras completar la larga reunión matutina, regresé a mi oficina. Apenas me acomodé en el sillón, Lea tocó la puerta y entró con el rostro atravesado por una sutil extrañeza.
—Disculpe, señor Cédric. Hace un momento vino un hombre bastante peculiar y dejó esto para usted —dijo, depositando sobre mi mesa una carpeta de papel negro—. Mencionó que usted ya sabía de qué se trataba.
—No te preocupes, Lea. —Déjala ahí, más tarde la reviso —respondí con voz pausada, disimulando el vuelco helado que acababa de darme el corazón.
El resto del día transcurrió sin mayor contratiempo. Le expliqué a Lea los procedimientos operativos; era una chica brillante que captaba todo a la primera. Para cuando dieron las seis de la tarde, yo no deseaba otra cosa que huir a mi departamento; la sola presencia de ese expediente oscuro sobre la madera me producía náuseas insoportables. No esperé ni un minuto más. Recogí mis cosas a toda prisa y salí directo al estacionamiento. Sin embargo, justo cuando estaba por subir a mi Audi y encender el motor, una voz acelerada interrumpió el silencio del subterráneo.
—¡Señor Cédric! ¡Espera! —exclamaba Lea, corriendo hacia mi auto mientras intentaba recuperar el aliento—. Olvidó la carpeta negra en su escritorio. Pensé que podía ser importante. —¡Vaya! Lo olvidé por completo… —musité, fingiendo torpeza mientras tomaba el documento—. Definitivamente, fue una excelente decisión contratarte. No sé qué haría sin tu eficiencia.

—No es nada, señor Cédric. —Estoy para servirle —respondió ella con una sonrisa franca, dirigiéndose hacia su coche.
Nos despedimos con un saludo cordial y me incorporé al tráfico helado de la ciudad. Al llegar a mi departamento, la claustrofobia mental me superaba. Necesitaba despojarme de la mugre invisible del trabajo y de la angustia que me producía el sobre. Preparé un baño en mi tina con agua tibia y pétalos de rosa, para intentar relajarme. Pedí una hamburguesa con ensalada a Popi Foods y, una vez envuelto en la bata y recostado en el sillón de la sala, me dispuse a enfrentar lo inevitable. El sobre negro no llevaba sello ni remitente; únicamente lucía un pulcro mensaje que decía: 4 encomiendas. La curiosidad y el pavor se disputaban el control de mis manos mientras rasgaba el sello de cera. Al extraer el contenido y leer las primeras líneas de la instrucción, me quedé helado, sintiendo cómo el aire se me escapaba de los pulmones. El Sr. Malakai Vance no solo era un ser indescifrable y siniestro, era un sádico de una perversidad absoluta.