
©Copyright Margarita MedGut
Necrosia es una ciudad que se alimenta de ceniza y olvido, y yo era su residente más devoto. Tras la muerte de mis padres durante la plaga del COVID —esa enfermedad que transformó los pulmones en piedra y los hogares en mausoleos—, me quedé solo. Heredero de una fortuna vitivinícola que no pedí, mi vida se convirtió en un desierto de lujo y silencio. Pero mi naturaleza, siempre tildada de extraña por la sociedad biempensante, me empujaba hacia las sombras. Mientras otros buscaban solaz en los cafés, yo encontraba paz en la frialdad de las morgues y las funerarias de la ciudad. No era morbo; era una afinidad necrótica. Me sentía más cómodo entre los que ya no pueden mentir que entre los vivos. Sin embargo, la soledad es un parásito que devora la razón. Una mañana, mientras el sol calcinaba la arena rojiza de las calles, sentí una mano sobre mi hombro. Al girarme, la sorpresa me golpeó como un viento helado: era Juan, mi mejor amigo de la infancia. Él representaba todo lo que yo no era: el éxito en el extranjero, la luz, el dinamismo.
—Querido Casimir Vancroft —exclamó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—, han pasado años. Me dijeron que el último de los Vancroft buscaba una esposa para llenar este vacío de adobe. He vuelto solo para ayudarte. Tengo dos semanas y una promesa que cumplirte.
Me quedé gélido. ¿Cómo sabía Juan de mi deseo secreto de buscar esposa? No lo había mencionado a nadie. Pero la alegría de recuperar al único amigo que nunca me juzgó por ser el rarito de la morgue acalló mis sospechas. Nos refugiamos en el famoso Café de los Espectros, el más antiguo de la ciudad. Allí, entre vapores amargos, me contó que su esposa llegaría en una semana y que, antes de eso, me llevaría a un sitio especial. Una fiesta de bienvenida donde, según él, encontraría lo que mi alma mutilada necesitaba. La cita fue a las siete de la tarde del día siguiente. Me vestí con mi uniforme habitual: denim negro, botas pesadas y una playera del color de la noche. Conduje hacia las afueras, donde la ciudad se rinde ante el desierto. La dirección me llevó a una vieja casona de arquitectura gótica, una estructura de piedra que parecía un diente podrido surgiendo de la tierra. Toqué el timbre tres veces. El silencio fue la única respuesta. Justo cuando la ira empezaba a hervir en mi pecho, la pesada puerta de roble se abrió sin que nadie la empujara. El interior olía a incienso rancio y a humedad de sótano.
—¿Juan? ¿A qué demonios de lugar me has traído? —grité al vacío.
De las sombras emergió él, vestido con una bata de lino blanco inmaculado que contrastaba violentamente con la oscuridad reinante. Me abrazó con una fuerza febril y me condujo al salón principal. Allí, el tiempo pareció detenerse.
En medio de la estancia, diez mujeres estaban sentadas en un círculo perfecto. Todas vestían túnicas idénticas, pero de colores que vibraban con una intensidad antinatural: rojo carmesí, violeta eclesiástico, verde bilis… y en el centro, una figura que destacaba por su inmovilidad, vestida de un blanco tan puro que hería la vista.
—Aquí están, amigo —susurró Juan al oído—. Diez almas dispuestas a ser tu sombra. Una de ellas será tu esposa si así lo decides. Tú que trabajas con la muerte, sabrás reconocer la belleza en este rito.
No me pareció descabellado. En mi mundo, la belleza siempre había estado ligada a lo solemne y lo ritual. Juan me ofreció una copa de cristal tallado llena de un vino tinto espeso, con un sabor metálico, casi como sangre oxidada.
—Bebe, Casimir. Necesitas soltura para elegir.
Bebí. El mundo comenzó a inclinarse. Las mujeres iniciaron un cántico monocorde, una frecuencia que hacía vibrar mis dientes. La última imagen que retuve antes de que la negrura me tragara fue la de la mujer de blanco levantándose y extendiendo una mano pálida hacia mí. Desperté en mi propia cama, en la casa de las afueras que mis padres habían comprado dos años antes. El sol de mediodía entraba como un cuchillo por las contraventanas. El dolor de cabeza era una prensa hidráulica aplastando mis sienes. Lo más inquietante no era el olvido de cómo había llegado allí —Juan conocía mi dirección por la correspondencia antigua—, sino un ardor insoportable en mi espalda. Me arrastré hasta el espejo del baño. Al quitarme la playera, el horror me cortó la respiración. Mi espalda estaba surcada por decenas de rasguños profundos, marcas rojas que formaban una especie de patrón rúnico, como si alguien hubiera intentado escribir un contrato sobre mi carne. Debió ser el alcohol, me mentí, aplicando un ungüento de mi madre mientras el miedo empezaba a filtrarse en mis huesos. Pasé el día en un estado de abulia total. Al llegar la una de la mañana, el ambiente de la habitación se volvió gélido. Un frío que no era climático, sino ontológico. Me dirigí al baño para lavarme la cara, tratando de despertar de lo que sentía que era un sueño febril. Al salir, el corazón se me detuvo. Sobre mi cama, recostada con una elegancia necrótica, estaba ella. La mujer de blanco. Sus manos eran largas y pálidas, y su rostro estaba oculto tras un velo de tul transparente.
—Anoche me elegiste, Casimir —dijo con una voz que sonaba como el roce de dos lápidas—. En aquella casona, ante los ojos del círculo, me llamaste esposa. Me diste tu sangre y yo te di mi marca.
—¡Vete! ¡No sé quién eres! —grité, pero mis pies estaban soldados al suelo.
—Soy la esposa blanca —respondió ella, incorporándose con una lentitud que desafiaba la gravedad—. Desde ahora, nunca más estarás solo. Tu soledad me pertenece. Somos uno en la carne y en la sombra.
Salí corriendo. Corrí por las calles desiertas de Necrosia, huyendo de un espectro que no hacía ruido al caminar. Llegué a la vieja iglesia de la Calle 13, refugiándome en el altar hasta que el alba disipó las sombras. Al día siguiente, con los ojos hundidos por el insomnio y las manos temblorosas, acudí a la policía. Me trataron como a un loco, un rarito que finalmente había perdido el juicio por pasar demasiado tiempo entre cadáveres. Regresé a casa con un sudor frío recorriéndome la nuca, esperando encontrar el cadáver o el fantasma en mi cama. Pero la casa estaba en orden.
Encendí la televisión para acallar el silencio. El noticiero local anunciaba una noticia de impacto: una redada nocturna en una casona a las afueras había desmantelado una secta de sacrificios rituales. Mi cara palideció hasta volverse de cera cuando vi a Juan en la pantalla. Lo llevaban esposado, con el rostro desencajado por una furia fanática. Lo acusaban de ser el líder de un culto que utilizaba el matrimonio ritual para «marcar» a víctimas que luego eran utilizadas en ceremonias de sangre. Tras él, iban las mujeres de las túnicas de colores, pero había un vacío en el conteo.
Faltaba una: La esposa blanca.
El informe decía que Juan había confesado haber «casado» a un amigo con una entidad que ellos llamaban «La esposa blanca», una figura que, según el culto, no era humana, sino una energía extraída de la morgue donde yo solía trabajar. Nunca más volví a saber de Juan. Se dice que se ahorcó en su celda usando su propia bata de lino blanco. Las morgues de la ciudad dejaron de ser mi refugio; ahora el olor a formol me provoca una náusea insoportable. He intentado rehacer mi vida, pero el estigma en mi espalda nunca sanó del todo. A veces, a las tres de la mañana, cuando el frío invade mi habitación y el tictac del reloj parece detenerse, siento un peso al otro lado de la cama. No me atrevo a encender la luz. No me atrevo a mirar. Porque sé que ella cumple sus promesas.
Necrosia sigue siendo una ciudad de vientos abrasadores, pero yo ya no temo a la soledad. Temo a la compañía. Temo a la esposa Blanca que habita en mi espejo, recordándome que hay matrimonios que ni la muerte puede disolver, porque nacieron precisamente de ella.
FIN.
