Sr. Malakai Vance Cap. 3

Capítulo 3
La petición

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—Bien. —Te daré lo que pides —asintió el Sr. Malakai Vance con una parsimonia que me erizó los cabellos—. Pero recuerda, Cedric: en mi sistema, todo tiene un precio, y ya conocerás el cobro de tu factura.
Antes de que pudiera replicar, una punzada dolorosa y aguda me atravesó el oído derecho, como si una aguja invisible me perforara el tímpano. El dolor me desconectó por completo.
Nuevamente desperté un sábado a las tres de la tarde. Estaba desnudo entre mis sábanas gastadas, desorientado y con una cruda espantosa que resultaba biológicamente inexplicable, dado que solo recordaba haber bebido una maldita soda. El tiempo desaparecido volvió a ser un pozo negro en mi memoria; no tenía la menor idea de cómo había regresado a mi cama, ni quién me había desvestido.
Lo verdaderamente extraño ocurrió el lunes temprano. Mientras ordenaba mis papeles sobre la mesa, preparándome psicológicamente para iniciar la humillante búsqueda de un nuevo empleo, el teléfono interrumpió el silencio. Era una secretaria de la Oficina de Correos Virtuales. Con una amabilidad inusual, me notificó que mi antiguo jefe —el mismo que me había echado sin piedad el viernes— había sido destituido de forma fulminante e inmediata, y que su puesto vacante me había sido asignado a mí.
No daba crédito a mis oídos. Me presenté en la empresa a paso veloz y firmé un contrato por tiempo indefinido que triplicaba mis ingresos anteriores. Por fin tenía el dinero suficiente para abandonar el montículo y, sobre todo, para rescatar a mi padre de la inmundicia de aquel hospicio público; ahora podría costearle una enfermera particular que velara por él en una casa digna. Me otorgaron un adelanto sustancioso, una cifra increíble con la que me mudé de inmediato a un departamento amueblado en el centro de Cartana. Pensé que la vida por fin me sonreía.
La dicha duró apenas unas horas. Apenas terminé de desempacar en mi nuevo hogar, una segunda llamada del hospicio me heló la sangre: mi padre había fallecido esa misma mañana bajo circunstancias extrañas e inexplicables.
Me quería morir. Deshecho por la culpa y el luto, incapaz de procesar la paradoja de mi suerte, fui incapaz de acudir de inmediato a la morgue. Me refugié en el mismo bar de la penúltima estación, arrastrado por la inercia, para ahogar el dolor en una cerveza antes de iniciar los trámites del proceso.
Una hora más tarde, Yertra apareció en el local de forma sorpresiva. Al ver la sonrisa cínica que dibujaba en sus labios, la tomé de la muñeca y le exigí una explicación inmediata sobre la verdadera naturaleza de su jefe. Ella se soltó con suavidad, se acomodó el cabello negro sobre el hombro y susurró:
—Tu nuevo patrón es el Soberano de los Caídos, Cedric. Te otorgó la riqueza que existe, pero se cobró con la vida de tu padre. A la gente mediocre y sin un talento especial como tú, él les arrebata a sus seres amados; a las mentes brillantes y virtuosas, en cambio, les cobra el alma al momento de expirar. Es pura matemática.
—¿Y a ti? —preguntó con una mezcla de asco y horror—. ¿A ti qué te ha arrebatado?
—A mí, nada aún —concluyó ella, mostrando una dentadura de una perfección antinatural—. Yo soy una talentosa guionista.
La respuesta me dejó exangüe, quedé completamente gélido. Salí del bar como un autómata, cegado por las lágrimas y el espanto de saber que había cambiado la vida de mi padre por un escritorio de oficina. Al cruzar la avenida principal, el ruido del tráfico se borró; solo recuerdo el rugido de un motor y la masa imponente de un tráiler embistiéndome.
Desperté semanas después en la cama de este hospital, rodeado de monitores, tratando de hilvanar los fragmentos de mi propia desgracia. En medio del delirio de la morfina, regresó a mi mente una imagen nítida de la secundaria: mis compañeros mofándose cruelmente de Yertra por los guiones que escribía para las obras escolares. Eran libretos perversos, macabros, llenos de sacrificios y pactos… pero impecablemente ejecutados. Ella siempre supo cómo escribir el final.