Cuento número 7
La tumba

©Copyright Margarita MedGut
La tumba
—Es el final de tu carrera, George. El jefe de policía no te quiere ver ni un minuto más por aquí —decía profundamente enojado Mike, el supervisor en turno de la estación de policía de la colonia Fuente de los Demonios, un sector nefasto y decadente dentro de la inmensa ciudad de Noctámbulo. —Váyanse al carajo, Mike. De cualquier forma, ya no quiero ser parte de este circo podrido. Aparte, el sueldo miserable que nos proporcionan ni siquiera es justo para los peligros que a diario enfrentamos en las calles de esta maldita ciudad —exclamé sumamente enojado, mientras le arrojaba directamente en el rostro la hoja de renuncia que minutos antes me había visto obligado a firmar.
Mi nombre es George. Durante cinco largos y agotadores años trabajé como oficial en la estación de policía de Noctámbulo; sin embargo, esa gélida mañana me habían despedido de la forma más humillante posible. La justificación oficial era que supuestamente yo había echado a perder una misión secreta de alto nivel, una emboscada que se había estado planeando con minucioso cuidado durante varios meses previos. Por pura suerte, me entregaron el pago completo de mi finiquito, lo cual calculaba que me ayudaría a sobrevivir al menos durante unos tres meses mientras buscaba y encontraba un nuevo empleo. Llegué a pensar que tal vez podría conseguir algo en alguna de esas empresas privadas de seguridad, donde los guardias suelen ser hombres mayores con sobrepeso, que en realidad no vigilan absolutamente nada. Durante la primera semana no quise hacer otra cosa más que beber alcohol de forma desmedida. En verdad me encontraba en un estado lamentable, profundamente deprimido, confundido y lleno de rabia. No lograba comprender cómo aquella crucial misión había fallado de manera tan desastrosa. De antemano sabía perfectamente que tenía implacables enemigos internos dentro de la corporación y, al analizar los hechos en frío, comenzó a rondarme la perturbadora idea de que alguien de arriba me había hecho una jugada sucia para usarme como chivo expiatorio.
Pasaron las semanas y mi dinero comenzó a evaporarse. Tras decenas de solicitudes rechazadas, solo pude conseguir un mediocre trabajo como vigilante nocturno en un centro comercial de la periferia. En realidad, solo duré una semana en el puesto. El jefe de turno me echó a la calle sin contemplaciones, debido a que un grupo de ladrones fuertemente armados se introdujo al recinto durante la madrugada y saqueó por completo una de las tiendas de joyería más costosas. La realidad era que ni siquiera me di cuenta de la intrusión debido a mi alcoholismo; pero aun estando sobrio, jamás habría arriesgado la vida por unos aparadores de cristal. No tenía armas para defenderme y los delincuentes portaban fusiles automáticos, algo más que evidente en las grabaciones de seguridad.
Por lo menos me pagaron los días trabajados. Volví a mi rutina autodestructiva, bebiendo sin parar, hundiéndome cada día más en mi propia putrefacción moral y en un odio visceral hacia este maldito mundo. A los días, mi desesperación era tan grande que ya estaba dispuesto a aceptar cualquier tipo de trabajo para subsistir, sin importar si implicaba adentrarme en actividades abiertamente ilegales.
Lo bizarro de todo esto no recae en mi desesperada disposición de romper la ley, sino en lo que ocurrió exactamente a los tres días de haber sido despedido del centro comercial. Recibí una inesperada llamada telefónica de un antiguo amigo y superior, que se había retirado misteriosamente de la corporación policial hacía bastantes años. Tras su abrupta salida, nadie supo jamás qué fue de su vida, por lo que su voz en el auricular me extrañó mucho.
—Hola, George. Habla el capitán Hunter. Por ahí me enteré de que te despidieron sin contemplaciones de la corporación y, en cuanto lo supe, lo primero que quise hacer fue llamarte. ¿Tienes tiempo el día de mañana para vernos en mi casa?
—Capitán Hunter —dije—, la última persona de la que esperaba una llamada era de usted. Hace mucho tiempo que desapareció del mapa sin dejar rastro y jamás volvimos a saber nada. ¿Dónde demonios se había metido? —cuestioné con cierta insolencia y marcada desconfianza.
—George, no te puedo contar mucho por este medio, pero puedo asegurarte que me ha ido extraordinariamente bien. De hecho, esa es la razón principal por la que te estoy buscando. Necesito un ayudante de absoluta confianza para un asunto delicado. Es un trabajo que no se lo encomendaría a nadie más en esta ciudad; la paga es excelente y, si te mueves rápido y con inteligencia, puedes llegar a ganar muchísimo dinero. Aparte, siento que te debo un favor enorme —agregó el capitán Hunter con un tono enigmático y siniestro.
—¿Por qué me debería usted un favor? —pregunté arqueando la ceja.
Mañana te lo contaré todo con detalle. ¿Puedes venir a mi propiedad mañana exactamente a las tres de la tarde?
—De acuerdo. Mañana en su casa a las tres de la tarde. Solo envíeme la dirección por mensaje —le dije, sabiendo conscientemente que no tenía absolutamente nada que perder; de cualquier forma, necesitaba el dinero con urgencia.
Llegó el día siguiente y, al dar las dos de la tarde, aún no había recibido la ubicación prometida. La ansiedad comenzó a apoderarse de mí. Marqué repetidamente al número desde el cual el capitán me había llamado la noche anterior, pero la línea me enviaba de inmediato al buzón de voz. Sin embargo, cuando faltaban apenas diez minutos para las tres de la tarde, recibí una breve llamada de Hunter indicándome que saliera a la calle, pues un vehículo ya me estaba esperando afuera de mi domicilio.
Aquello me causó un profundo malestar. Un escalofrío me recorrió la espalda al hacerme las preguntas inevitables: ¿Cómo me había localizado tan rápido? ¿Cómo demonios sabía dónde vivía si me había mudado hacía apenas unos meses? Sin más preámbulos, salí de la casa. Estacionada frente a la acera se encontraba una enorme camioneta modificada, tipo Monster, del modelo blindado que suelen utilizar los altos mandos de las corporaciones policiales y el crimen organizado. No lo pensé demasiado y abordé el vehículo; al fin y al cabo, ya sabían dónde encontrarme. El sujeto que conducía, un tipo de mirada fría y expresión inalterable, me ordenó secamente que me colocara una pañoleta negra sobre los ojos y que no me la quitara hasta que él me lo indicara.
Obedecí en silencio mientras la camioneta avanzaba dando giros esquivos por la ciudad. Cuando por fin se detuvo el motor y me permitieron retirarme la venda, me encontré en el interior de un lujoso inmueble, justo frente al capitán Hunter. En cuanto me vio, me dio un efusivo abrazo de bienvenida y me preguntó si me había asustado la logística del traslado. Le respondí con frialdad que no, que estaba acostumbrado a ese tipo de maniobras paranoicas. Le pedí sin rodeos que fuera directo al grano y me explicara de qué se trataba todo aquello; en mi mente imaginaba que me propondría trabajar como guardaespaldas privado para algún magnate o corrupto local.
—Acompáñame a mi oficina —agregó adoptando una postura sumamente seria.
Lo seguí por un pasillo sombrío. Al entrar a su despacho, percibí una tensión palpable; el ambiente en esa habitación era francamente escalofriante. El capitán Hunter tenía colgadas en las paredes varias pinturas al óleo con un estilo macabro, retratos detallados de personas muertas, cadáveres pálidos sobre planchas de morgue, listos para ser entregados a sus desconsolados familiares. Preferí no prestarle más atención a ese arte perturbador.
Fue entonces cuando Hunter me reveló la verdad: la famosa operación secreta que yo supuestamente había arruinado en la policía era en realidad un gigantesco operativo clandestino que él mismo había estado dirigiendo desde las sombras. Explicó que esa noche sus hombres estaban moviendo un cargamento millonario hacia otra provincia y que, gracias a mi torpe e involuntaria intervención, las patrullas se distrajeron, permitiéndoles ganar cientos de miles de dólares al evitar ser arrestados.
El capitán me dio solemnemente las gracias. En ese instante comprendí que Hunter no andaba en buenos pasos; se había convertido en un poderoso capo criminal. No obstante, dada mi precaria situación financiera, a mí no me importaba en absoluto la moralidad de sus actos, por lo que acepté de inmediato la propuesta laboral. El trabajo, según adelantó, consistía en mover sustancias ilícitas a través de un sistema de cajas; sin embargo, no me ofreció mayores detalles sobre la logística exacta. Se limitó a decirme que en una semana tendrían un embarque crucial y que allí tendría la oportunidad de demostrar si estaba hecho para ese negocio. Jamás imaginé a qué se refería realmente, ni lo siniestro que resultaría aquel comentario. Sabía que el tráfico de drogas era ilegal, pero confiaba en mi entrenamiento táctico y no creí que fuera algo tan complejo. Tras retirarme de la propiedad con un sustancioso adelanto en efectivo, me dediqué a esperar. La mañana del lunes siguiente recibí la ansiada llamada. El capitán me indicó que el mismo chofer de la camioneta blindada pasaría a buscarme a las once de la noche. Y así fue. Al llegar a la sede de operaciones, me presentó a otros tres sujetos muy peculiares que participarían en la misión; uno de ellos lucía un ostentoso diente de oro y tenía el brazo derecho completamente cubierto por tatuajes de demonios cornudos; los otros dos poseían un aspecto igual de amenazante y curtido por la violencia. Cenamos en silencio y bebimos abundante café negro. Finalmente, el capitán dio la orden de marchar. Nos distribuimos en dos camionetas Monster; en la primera viajábamos el jefe, el taciturno chofer y yo; los otros tres matones nos seguían en la segunda unidad. Asombrado por el despliegue, le pregunté al capitán si no resultaba extremadamente sospechoso transitar a altas horas de la noche en semejantes vehículos. Él sonrió con suficiencia y me confesó que no había de qué preocuparse, pues tenía a los más altos mandos policiales de la ciudad perfectamente comprados. Aproveché para cuestionarle si aquellos mismos jefes corruptos habían tenido algo que ver la noche de mi despido; Hunter me respondió con frialdad que sí, confirmando que yo había sido utilizado como simple carnada para proteger la identidad de los verdaderos traidores dentro de la corporación. Sentí una punzada de escalofrío al escucharlo. Había sido manipulado como un peón insignificante, aunque al menos el capitán había tenido la condescendencia de darme empleo.
El convoy dejó atrás la zona urbana y se adentró en la periferia rústica de Noctámbulo, deteniéndose en las inmediaciones del olvidado Cementerio de las Tres Cruces. Confuso, le pregunté al capitán por qué nos deteníamos en ese lugar; en mi ignorancia, suponía que el punto de entrega sería un almacén clandestino o una bodega industrial.
El cementerio se erigía en la cima de una colina empinada, rodeado por un muro de piedra alto, ennegrecido y desgastado por la intemperie. El camino de acceso era un sendero estrecho y sinuoso, completamente invadido por la maleza y por árboles de ramas retorcidas que parecían garras oscuras recortadas contra el cielo nocturno. A través de la reja se vislumbraban lápidas desmoronadas, cubiertas de musgo denso, y arbustos espinosos creciendo salvajemente entre las tumbas profanadas. Junto a la entrada principal se alzaba una antigua capilla de arquitectura gótica, profundamente carcomida por el paso de los años. El aire de la noche estaba impregnado de un insoportable olor a humedad, moho y putrefacción. Aquello comenzaba a perturbarme seriamente. Lo más bizarro ocurrió cuando de la capilla en ruinas emergió una figura que me hizo estremecer de puro pavor. Se trataba de un hombre de estatura descomunal y complexión corpulenta, con un físico hipertrofiado y grotesco. Su rostro estaba surcado por profundas cicatrices rituales y marcas oscuras, con ojos penetrantes y una sonrisa cruel que desprendía una maldad inhumana; no parecía pertenecer a este mundo, e incluso llegué a pensar que se trataba de un muerto viviente custodiando la entrada al inframundo.
Aquel gigante abrió el pesado portón de hierro forjado sin hacer el menor esfuerzo. Avanzamos en procesión hacia una gran estructura familiar situada en el fondo del camposanto. Al llegar, el hombre de las cicatrices levantó con sus propias manos una enorme losa de piedra que fungía como tumba, pero que en realidad ocultaba una escotilla metálica de acceso a un complejo subterráneo. Reveló una empinada escalera de caracol que descendía hacia la penumbra, por la cual nos ordenaron bajar. Señores lectores, lo que presencié al llegar al fondo de aquel abismo me dejó completamente paralizado por el terror. Bajo esa tumba falsa se extendía una nave subterránea iluminada por luces halógenas, donde se alineaban cerca de cincuenta camas de metal de las que se utilizan exclusivamente en las morgues. Sobre las primeras veinte planchas reposaban los cuerpos inertes de veinte mujeres jóvenes, completamente desnudas y con las cavidades abdominales quirúrgicamente abiertas de par en par. Con una serenidad macabra, el capitán Hunter me explicó en qué consistía mi verdadera labor; mi trabajo era empacar y ocultar los bloques de droga en el interior de los cuerpos de aquellas mujeres. Habían ideado ese método brutal porque los restos de las víctimas debían ser exportados hacia otro país con el pretexto legal de ser incinerados allá, debido a una reciente y absurda legislación local que prohibía el entierro de ciertas muertas en los panteones nacionales. Hunter había consolidado contactos clave en el extranjero para recibir los cadáveres cargados y distribuir la mercancía sin levantar sospechas fronterizas. Acto seguido, sin darme tiempo a reaccionar, el capitán, los matones y el chofer subieron presurosos por la escalera, cerrando la pesada losa de piedra sobre mi cabeza y dejándome completamente solo en aquel recinto infernal. A mi alrededor, entre el eco de la humedad y el hedor a sangre congelada, comenzaron a escucharse gemidos ahogados y escalofriantes que parecían brotar de las gargantas de las propias muertas. Como pude, temblando de pavor y asco, tuve que comenzar a realizar aquella tarea espantosa y bizarra; una pesadilla de la cual, de haber sabido la aterradora verdad de antemano, jamás me habría prestado a formar parte.
FIN…
