El pozo

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Existe, en los confines de una sierra olvidada, un pueblo cuyo nombre los mapas modernos se niegan a pronunciar: Necromante. En aquel paraje, la tierra es una boca seca y agrietada que clama por sangre. Se dice que una maldición antigua selló las venas de agua del lugar, y desde entonces, la supervivencia depende de una ceremonia de una arquitectura moral espantosa.
Eran las cinco de la tarde del primero de noviembre. La familia Vancroft se preparaba en el silencio de su casona. Bastian Vancroft, un hombre de espina dorsal rígida y mirada de acero frío, se ajustaba la túnica negra. Se decía en el pueblo que era un militar retirado en busca de paz, pero su paz era una máscara de cristal. Su esposa, Leonora, se cubría con una túnica de un morado eclesiástico, sosteniendo entre sus manos temblorosas un ramo de lirios blancos, cuyo aroma dulzón apenas lograba disfrazar el olor a moho de las paredes. Sus hijos gemelos de dieciocho años, Silas y Balthazar, aguardaban como corderos que aún no saben del cuchillo.
A las ocho de la noche, la procesión de figuras encapuchadas se deslizó hacia las afueras, donde el bosque de pinos retorcidos custodiaba el Pozo Ancestral. El aire era tétrico, cargado de una neblina que parecía tener dedos. Al llegar, el comisario del ejido, un hombre llamado Malphas, extrajo un pergamino de un maletín de cuero viejo que exhalaba un tufo a animal muerto.
Las familias presentes, ocultas tras sus capuchas, vibraban con un nerviosismo necrótico. Malphas alzó la voz:
—Este año, el sínodo ha decidido. El azar y el voto de las cabezas de familia han hablado. Teniendo en cuenta que el año pasado el honor recayó en mi propia sangre, este año el pozo exige una ofrenda doble. Los elegidos son los hermanos Vancroft.
Bastian dio un paso al frente, su voz resonando como un disparo en el bosque:
—Esto es una vileza. No estuve presente en esa asamblea. No acepto este veredicto.
—Nada tiene que objetar, extranjero— siseó Malphas—. Si no entrega a los gemelos, la ley de Necromante exige que toda su estirpe sea arrojada al abismo.
Bastian guardó un silencio gélido. Miró a sus hijos y luego a la multitud.
—Si la ley es absoluta, que comience la liturgia— sentenció con una frialdad que aterró incluso a los lugareños.
La multitud comenzó un cántico monocorde: “Larga vida al señor de las profundidades”. Silas y Balthazar fueron introducidos en sacos de cuero fétido, cosidos con tendones, que ya presentaban orificios quirúrgicamente dispuestos para que la vida escurriera hacia el pozo. Los bultos fueron izados en una viga de madera podrida que crujía bajo el peso de la carne joven.
Malphas se acercó a Bastian y le extendió un revólver de empuñadura de hueso.
—Haga que su agonía sea breve, capitán. Un tiro para cada uno antes de que el pozo los reclame.
Bastian tomó el arma. Sus ojos, húmedos pero firmes, recorrieron el perímetro del bosque como quien busca una señal en la oscuridad absoluta. La multitud contenía el aliento, esperando el estallido que daría paso al agua. De pronto, el silencio del bosque fue desgarrado no por un disparo, sino por el crujido de botas militares y el destello de bayonetas. De entre los pinos, un destacamento del ejército rodeó la ceremonia con precisión de relojería. Bastian no era un jubilado; era un coronel de inteligencia enviado para diseccionar la red de desapariciones que asolaba la región.
—¡Al suelo! — rugió Bastian, apuntando el revólver directamente a la frente de Malphas.
Mientras los militares sometían a la multitud, Bastian y Leonora descolgaron a sus hijos de los sacos de cuero. Los gemelos salieron ilesos, pero lo que la luz de las linternas reveló dentro del pozo fue una visión que superaba cualquier grima literaria: un panteón sumergido de restos humanos, una arquitectura de calaveras acumulada durante décadas. Malphas no era un líder, sino un psicópata que utilizaba la superstición para alimentar su hambre de muerte, apoyado por familias que preferían sacrificar hijos ajenos para no enfrentar su propia sequía moral.
Malphas y sus cómplices fueron encadenados y llevados ante la justicia de los hombres, esa que es más lenta pero más fría que la del pozo. La familia Vancroft desapareció de la faz de la tierra poco después. Algunos dicen que Bastian recibió una nueva identidad por sus servicios; otros, los más románticos, aseguran que se mudaron a un sitio donde el agua fluye libre y donde los lirios blancos nunca vuelven a oler a tumba. En el pueblo de Necromante, el pozo fue sellado con concreto, pero los pocos que se atreven a pasar por allí en noviembre aseguran que, si pegas el oído a la piedra, todavía se escucha el eco de un revólver que nunca llegó a disparar.
Fin…