Capítulo 7: La visita del Sr. Malakai Vance

© Copyright Margarita MedGut
-Cedric, es bueno saber de ti; ha pasado ya un tiempo desde lo que sucedió en la cena. -Exclamó Yertra.
¿Cómo te atreves a llamarme? Eres una infeliz sinvergüenza, me hiciste mucho daño, no sé cómo puedes sentirte tan tranquila después de todo. —Exclamé exaltado.
-Lo que pasó no estaba en mis manos poder impedirlo; recuerda que cuando te presenté con el gran Sr. Malakai Vance, hiciste un pacto; yo solo te lo presenté, lo demás fue decisión tuya. Además, si te estoy llamando, es porque el jefe quiere verte, es una orden, ¿o crees que todo lo que posees es gratis? No, querido, todo en esta vida tiene un precio, ya lo sabías, y es hora de comenzar a pagar la factura. —Repuso Yertra sin culpa alguna.
¿Sabías que eres una mujer muy perturbada? No puedes obligarme a ir a donde no deseo; esta vez no voy a caer en tu estúpido juego. Le dije ya muy colérico.
-Como quieras, pero te advierto que las consecuencias pueden ser graves si no obedeces los mandatos; yo he perdido a toda mi familia, y eso porque en un principio me comportaba como tú, así que medítalo bien. -Agregó con tono de mandato.
¿Qué más me puede suceder? No tengo más familia, ni mascota. No voy a ir a ver a ese Sr. Malakai Vance; púdranse los dos juntos. Le repuse arrogante.
Cuando terminé mi día de trabajo, me dirigí a mi departamento, abrí la puerta y ahí estaban Yertra y aquel repugnante ser, llamado hombre pudiente de una sociedad podrida. Mi rostro palideció, ¿cómo entraron sin mi consentimiento? ¿Qué era lo que ese Sr. Malakai Vance quería de mí?
-Así que no quieres verme, muchacho. —Repuso el repugnante hombre.
-No. Le dije: «Si usted quiere, puede quitarme todo lo que me ha ofrecido; mucho me ha robado ya, créame que ya nada me importa». —Repuse sin temor.
En eso sentí su fría mano en mi cuello; una fuerza descomunal emanaba de su brazo. Me exclamó lo siguiente:
Mira, muchacho, aquí yo soy el único que puede imponerse; si lo deseo, en este momento puedo acabar con tu miserable vida, pero necesito que me hagas un trabajo importante junto con Yertra.
—¡Suélteme! Me está lastimando. ¿Qué es lo que quiere que haga por usted? —agregué horrorizado.
-Eso está mejor, muchacho, así es como funcionan las cosas: yo doy una orden y ustedes obedecen. Además, si veo que este trabajo que te voy a encomendar lo haces bien, puede que te escuche y veamos la forma de que te salgas de esta secta, pero primero necesito que hagas un trabajo. —exclamó con esa sonrisa siniestra que odiaba.
¿De qué se trata? Lo voy a hacer y luego quiero que hablemos sobre su propuesta de salirme de su secta; no me gusta lo que hacen. -Le dije furioso.
Yertra te va a dar los pormenores; tienen un mes completo para terminarlo. Si lo hacen bien, a los dos les daré la oportunidad de salirse; sinceramente, son unos lacayos que no me sirven de mucho. -agregó aquel hombre con una soberbia única.
Entonces, el Sr. Malakai Vance salió de mi departamento; Yertra se quedó inerte con lo que había escuchado de los labios de nuestro siniestro y supuesto jefe.
¿Qué te sucede? Reacciona, le dije ya muy furioso.
-Es la primera vez que escucho al jefe dar una oportunidad; ni siquiera a mí me lo había propuesto, y eso que ya se lo había hecho saber cuando recién inicié en este mundo. -Agregó con cierta sorpresa.
¡Vete al carajo, Yertra! A ti no quiero verte; si te estoy soportando es porque tenemos que trabajar juntos en la encomienda, así que apresúrate y dame los pormenores. Entre más rápido hagamos el trabajo, más rápido saldré de esto; lo que tú hagas no me interesa, de sobra se ve que te encanta ser parte de todo esto. -Le dije con cierto tono burlón, y a la vez furioso.
Si quieres, podemos vernos mañana en mi casa; no tengo el material que necesito mostrarte, estoy muy cansada y desorientada. Nos vemos mañana, vivo en la calle Flores Muertas, número 616; es aquí en el centro, así que no creo que tengas problemas para llegar. —Agregó Yertra, mientras tomaba su bolso para salir de mi casa.
Nada podía hacer, tenía que esperar hasta el día de mañana para saber cuál era el trabajo encomendado. ¿Qué podía necesitar aquel hombre, que al parecer todo lo poseía?
No hubo una noche tan larga como esta; mi mente vagaba, pensando en cuál era el trabajo que este ser llamado hombre podía necesitar. Luego me metí a la ducha; quizás y con un baño caliente dejaría de un lado el asunto, y con suerte me dormiría. Al fin, la mañana se hizo presente; lo primero que hice fue beber un café, me duché nuevamente y pedí un taxi. Le indiqué la dirección que Yertra me otorgó; unos 20 minutos después llegamos al número 616 de la calle Flores Muertas. Toqué el timbre, y Yertra apareció; me hizo pasar:
—¿Te puedo ofrecer una copa? —agregó, mientras le daba un sorbo a su copa de vino blanco.
¿Por qué habría de beber tan temprano? No deberías beber tanto; en todo caso, no he venido a eso. Vayamos al grano y muéstrame qué es lo que debo hacer. Agregué con cierto enfado.
-Toma asiento. —Me dijo.
Me dirigí a la pequeña sala de estar; sobre la mesita había una planta de marihuana en vez de flores y unos papeles donde supuse estaba anotada la encomienda.
-El trabajo es muy fácil, Cedric, solo tenemos que ir a los bares de la ciudad y buscar 4 chicas hermosas; tenemos que convencerlas y llevarlas al salón donde aconteció la cena. -Exclamó Yertra con un tono de voz suave.
—¿Para qué tenemos que llevar a esas chicas al salón? —¿No querrás cocinarlas, cierto? —agregué preocupado.
-Lo que esos hombres del salón hagan no es de nuestra incumbencia; nosotros obedecemos las órdenes sin hacer cuestionamientos. -Agregó.
¿Quiénes son esos hombres, Yertra? ¿Por qué les temes tanto? —¿Qué me ocultas? —cuestioné.
-La mayoría de esos hombres son políticos y gente poderosa; deja de hacer ese tipo de preguntas. —¿Cómo propones hacer el trabajo? —agregó.
-No lo sé, quizás podemos ir juntos a la disco más concurrida e invitar a las chicas a una supuesta fiesta; luego todo será más fácil. -Agregué.
-Me parece buena idea, visitemos La Ciudad Negra; es una discoteca muy concurrida y siempre hay chicas muy hermosas. —dijo Yertra convencida.
-El sábado paso por ti; ya quiero que esto termine, no quiero ser parte de tu secta, no sé cómo no lo vi venir. -Agregué furioso conmigo mismo.
