Sr. Malakai Vance Cap. 1 y 2

Capítulo 1: Cartana

Capítulo 2: Yertra

Woman entering a rustic bar with several people watching her

©Copyright Margarita MedGut

Capítulo 1
Cartana

Crucé el umbral de la salida quince minutos después de las ocho de la noche. Era una de las tantas miserias que maldecía de mi empleo: la sutil condena de un horario estricto de entrada, pero jamás uno de regreso. Llevaba más de diez años sepultado en la Oficina de Correos Virtuales de Cartana, una urbe enferma, un nido de asfalto contaminado, corrupción sistémica y una violencia extrema que se respiraba en el aire como polvo de cemento.
A diario me sumergía en el tren subterráneo durante sesenta minutos extenuantes, para luego arrastrar las piernas otras veinte cuadras, cuesta arriba hacia el montículo. Mi hogar era un rincón que rozaba los límites de un vertedero, pero era el único techo que mi miserable sueldo me permitía reclamar. Estaba exhausto, hastiado de la existencia. No poseía ninguna pericia especial, ni el menor deseo de esforzarme; en una ciudad como esta, entendía perfectamente que no valía la pena. Mi único lazo con el mundo era mi padre, un anciano recluido en un hospicio público, devorado por la demencia y la locura. Cuando aún vivía conmigo, se extravió cinco veces en las calles; en aquel depósito de olvido estaba mejor que bajo mi descuidada tutela.
Aquella noche de viernes, el letargo se rompió de forma imprevista. Había concertado una cita con una vieja amiga de la secundaria a la que no veía desde hacía quince años; yo ya cargaba con treinta sobre los hombros. Nos citamos en un bar de mala muerte ubicado en la penúltima estación del subterráneo. Al entrar, me aseguré de ocupar una de las mesas arrumbadas junto a los sanitarios; prefería ocultar mi humillación tras un vaso de agua mineral, para no dar a ver que era lo único que me alcanzaba para pagar.
De pronto, un murmullo de admiración contuvo el aliento del local. Por la puerta principal entró una mujer morena y alta, de cabellos negros cortados a los hombros, que destilaba una elegancia aristocrática, casi agresiva. Lo último que imaginé es que aquella presencia deslumbrante fuera Yertra. Se aproximó con pasos lentos y seguros hacia mi rincón insalubre. Me quedé petrificado.
—¿Eres tú, Cedric? —preguntó, mirándome desde su altura.
—¿Yertra? —atiné a responder, sintiendo cómo el rubor me encendía las mejillas.
—Sí, tonto, soy yo. ¿Por qué no levantaste la mano cuando entré?
—No te reconocí, de verdad. Luces completamente distinta a lo que eras en la escuela. Sin ofender… ¿Qué demonios sucedió contigo?
—Dejé de ser la niña boba de la que todos se burlaban —declaró ella, con una sonrisa cargada de engreimiento—. Ahora tengo poder, dinero y a los hombres que deseo de rodillas a mis pies.
Me quedé boquiabierto, recorriendo con la mirada sus ropas impecables. ¿Cómo era posible tal metamorfosis en la vieja Cartana?
—Si acepté tu invitación —continuó Yertra, clavando sus ojos oscuros en los míos—, es porque era el único que no me trataba como a una basura en la secundaria. Por cierto, en el grupo de WhatsApp de la generación no dejan de maldecirte; me enteré de que ni siquiera te invitaron a ser parte de él.
—Ni siquiera sabía que existía tal grupo —admití, clavando la vista en las burbujas de mi vaso—. Tampoco me sorprende. Al final del día, soy un fracasado que habita en un tugurio y arrastra un trabajo mediocre que no paga ni una maldita cerveza, mucho menos un departamento digno.
Fueron las únicas palabras que encontré para resumir la inercia de mi estúpida vida.

Sr. Malakai Vance
©Copyright Margarita MedGut

Capítulo 2: Yertra

—Mmmm… —Musitó Yertra, dibujando una sonrisa enigmática—. Por eso mismo he venido, Cedric. Para ayudarte. Pero primero sentémonos, bebamos y charlemos.
—Te advierto que no tengo ni para una cerveza —le confesé, mortificado por mi propia realidad.
—No te preocupes. Hoy invito yo, y hasta te llevo a tu casa.
—No es necesario, puedo caminar. Además, no bebo; solo agua mineral.
—Vamos, Cedric, la ciudad es demasiado peligrosa para que camines solo a estas horas. Como en los viejos tiempos… aunque sea, acepta un tequila.
—Está bien —cedí, contagiado por su insistencia—. Un tequila nada más.
La cortesía inicial se desdibujó rápidamente. Perdí la cuenta de los tragos. La realidad es que no supe cómo terminé tendido en mi vieja cama. Cuando desperté, ya era sábado; la pantalla de mi viejo Alcatel marcaba las tres de la tarde. Sentía que la cabeza me estallaría a causa de la resaca. Arrastré el cuerpo hasta el minibar apagado, saqué una botella de jugo de uva y lo bebí de un tirón para saciar mi sed. Fui incapaz de probar bocado; las náuseas me dominaron durante horas.
No fue sino hasta las diez de la noche, tras una ducha prolongada, cuando el malestar comenzó a ceder. Intenté pasar un poco de yogur y me recosté. Al acomodar las sábanas, sentí el roce áspero de algo extraño contra mi pierna derecha. Saqué un trozo de papel doblado. La caligrafía era estilizada y firme:
Nos vemos el siguiente viernes en el mismo lugar. Voy a presentarte a un caballero que cambiará tu vida para siempre».
Al principio no le tomé importancia. No tenía la menor intención de volver a encontrarme con Yertra; la mujer fría y engreída en la que se había convertido me provocaba un sutil rechazo.
El lunes por la mañana regresé al letargo de la Oficina de Correos Virtuales. Mi jefe, un hombre funesto, divorciado y de unos cien kilos de peso, nos recibió con sus habituales letanías y reprimendas. La semana transcurrió bajo la misma monotonía gris: el tren subterráneo, la cena de comida enlatada y el agua mineral. Sin embargo, el viernes por la mañana la inercia se rompió. Mi jefe me mandó llamar a su despacho. El estómago se me contrajo; supe de inmediato que algo andaba mal. Toqué la puerta.
—Adelante, la puerta está abierta —resonó su voz áspera.
—Buenos días, jefe —respondí al cruzar el umbral—. ¿Qué puedo hacer por usted?
—Te he llamado porque estás despedido, Cedric. El mes entrante llega mi sobrino a ocupar tu puesto. Tienes cuatro semanas para recoger tus cosas y marcharte.
Las palabras me golpearon como un puñetazo en el pecho.
—No puede hacerme esto —repliqué, sintiendo el sudor frío de la ansiedad—. Yo dependo exclusivamente de este empleo, no tengo a dónde ir. Al menos concédame un plazo mayor.
—Lo siento, Cedric, pero no es mi problema —sentenció sin la menor contrición—. Eres el más joven de la plantilla; seguramente te las arreglarás.
Esa tarde salí de la oficina con el alma en un hilo. ¿Qué se suponía que debía hacer? Mi única habilidad consistía en redactar correos virtuales. Mientras me dirigía al subterráneo, el rostro de Yertra cruzó por mi mente. Faltaban solo dos paradas para llegar al bar. Cuando el tren se detuvo lentamente en la penúltima estación, el instinto me obligó a bajar.
Llegué al local y ocupé de nuevo la mesa junto a los sanitarios, veinte minutos antes de la hora pactada. Esta vez me prometí no caer en su juego: no probaría una sola gota de alcohol; necesitaba ahorrar hasta el último peso.
A la hora en punto, vi estacionarse frente al bar una extravagante carroza blanca. De ella descendió Yertra, acompañada por un hombre singular, cuya sola presencia me provocó un estremecimiento biológico. Era de tez extremadamente pálida, ojos de un negro profundo y un cabello lacio oscuro que le caía hasta los hombros. Medía cerca de 1.90, poseía una silueta esbelta y vestía un traje de estilo barroco en color tinto. La levita ostentaba solapas en punta bordadas con sutiles cristales que capturaban la luz del callejón, complementada con bolsillos de alta sastrería y botines negros de un charol impecable. Cuando se escuchó, exhibió una dentadura perfecta.
Se acercaron a mi rincón y Yertra tomó la palabra de inmediato:
Cedric, es bueno ver que hayas venido. Te presento al Sr. Malakai Vance; él es mi jefe, y deseo que también sea el tuyo. Perdiste tu empleo, ¿cierto?
Me quedé helado ante su revelación.
—Cómo… ¿Cómo sabes eso? No se lo he dicho a nadie.
—Digamos que suelo anticiparme a los hechos —intervino el misterioso hombre con una voz que parecía acariciar el aire—. Es un placer conocerte, muchacho. Vine porque Yertra insistió demasiado. Pero dime una cosa: ¿qué sabes sobre mí?
—En realidad nada, señor. No lo conozco de nada.
—¿Qué favor necesitas de mí? —inquirió el Sr. Malakai Vance, yendo directo al grano.
—Solo quiero un empleo bien remunerado. Ya no quiero seguir viviendo en la miseria. Me acaban de despedir a pesar de saber que soy el mejor en mi puesto, solo para darle mi lugar al sobrino del supervisor.
El Sr. Malakai Vance se inclinó levemente, observándome con una mezcla de diversión y desdén.
—¿Y por qué habría de concederte un favor a ti? No posees ningún talento extraordinario; eres un hombre común y corriente. Yo solo apadrino a gente con dones excepcionales… y eso, solo si saben cómo formular su petición.
—Soy talentoso en lo que hago —reclamé, sosteniéndole la mirada con la audacia que da la desesperación—. Solo exijo un buen empleo, uno bien pagado. Solamente eso.

Capítulo 3…

Continúa…