El sillón

Sillón más grande, ambiente gótico fúnebre

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Recién me había mudado con mi novia, Nabel, al departamento que mi abuela me heredó. Era un espacio pequeño pero acogedor. Nabel estudiaba filosofía en línea; había quedado huérfana a los catorce años y una tía la cuidó hasta los dieciocho, pero tras el fallecimiento de la mujer, yo asumí su cuidado por completo. Mi nombre es Silas. A mis veintinueve años ya me considero un hombre independiente. Nos criamos en un pueblo sofocante, de calor espeso, algo alejado de la ciudad. Estudié maquillaje y trabajo en la funeraria de mis padres. Nuestro negocio no se limitaba a vender ataúdes; yo había integrado el servicio de preparación y cosmética para difuntos, lo cual fue un éxito comercial que me permitió cubrir holgadamente nuestros gastos. Mis abuelos estuvieron casados más de sesenta años. Cuando él falleció, la abuela se sumió en un luto desgarrador; de hecho, no tardó ni un mes en alcanzarlo. Dos muertes trágicas y rápidas que los médicos no pudieron explicar. La última vez que la vi fue en el hospital. Al entregarme las llaves del departamento, me dio una sola instrucción: podía deshacerme de todo lo que había adentro, con la estricta condición de conservar un viejo sillón orejero que mi abuelo le había regalado poco antes de fallecer.
Nos mudamos tres meses después de su entierro. Desde el primer instante, Nabel se enamoró del mueble; pasaba horas ahí leyendo y tomando sus clases virtuales. Yo pasaba muy poco tiempo en casa debido a las largas jornadas en la funeraria y, para ser sincero, la presencia de aquel sillón viejo me causaba un rechazo instintivo.
Todas las noches salíamos a caminar. Nos gustaba la naturaleza y, en lo personal, disfrutaba la calma de las calles polvorientas bajo la sombra nocturna. Transcurrieron las semanas en una rutina apacible, alterada únicamente por la constante llegada de cadáveres a la funeraria; al ser la cabecera municipal, recibíamos los servicios de todos los pueblos aledaños.
Dos meses después, Nabel comenzó a enfermar. Primero apareció un sarpullido tenue en la piel y una fiebre leve que comenzaba a manifestarse por las tardes.

—Toma dinero de la caja y ve al médico, querida —le dije, sin darle mayor importancia—. Seguro es solo un golpe de calor por esta caldera de pueblo.

—Eso espero, Silas. O tal vez el agua de la tubería viene contaminada —respondió ella, intentando restarle gravedad al dolor.

El médico local restó importancia al cuadro. Le recetó unas hierbas para la comezón, un par de infusiones para la temperatura y nos envió a casa. Pasaron los días y el malestar no hizo más que enraizarse. Para el cuarto mes, la piel de Nabel era un mapa de brotes inflamados y la fiebre apenas le daba tregua. La agobiaban los mareos y, lo más alarmante, empezó a mostrar lapsos de desorientación y lagunas en la memoria. Ya no era un problema de calor; era menester llevarla a la capital. Pedí prestado el coche de mis padres y, bajo una lluvia cerrada, salimos rumbo al hospital general de la ciudad. Al llegar, el médico de guardia ordenó su internamiento inmediato. El deterioro neurológico y la fiebre alta encendieron las alarmas. Me acribillaron a preguntas sobre nuestras condiciones de vida, el agua que bebíamos y la higiene del departamento. Respondí con la verdad: vivíamos en un lugar limpio, sin nada fuera de lo común. Aun así, la angustia en los rostros de los doctores presagiaban lo peor.

Al tercer día de internamiento, Nabel falleció. Tras decenas de análisis y pruebas fallidas, nadie había podido diagnosticarla a tiempo. Yo estaba fuera de mí, consumido por la rabia y la impotencia. ¿Cómo era posible que la medicina moderna no pudiera salvarla? Mientras velaba mi dolor en el pasillo, un infectólogo que no había llevado el caso se me acercó con cautela. Me pedí autorización para realizarle una última prueba cutánea y sanguínea. Aceptado; a esas alturas ya no me quedaba nada por perder.
El resultado llegó después de horas: Nabel había muerto de fiebre maculosa, una infección severa transmitida por la picadura prolongada y repetida de una variante de garrapata negra.
—Suelen anidar en la madera vieja, colchones o sillones —mencionó el médico con frialdad clínica.
La palabra sillones resonó en mi mente como una descarga eléctrica.
Devoré el luto como pude. Mis padres me sostuvieron durante el entierro y los meses siguientes, en los que lloré amargamente la ausencia de Nabel en una casa vacía. Una mañana, juntando las pocas fuerzas que me quedaban, contraté a un peón del pueblo. Tenía que romper la promesa hecha a mi abuela en su lecho de muerte.
Llegamos al departamento y abordamos el viejo sillón de tela gastada. Cuando el trabajador se rasgó con un cúter el tapizado inferior del sillón, la escena nos congeló la sangre y nubló mi cordura.
El interior del mueble no tenía relleno de espuma: era una masa viva, frenética y crujiente de miles de garrapatas negras amontonadas en las entrañas de la madera. El tamaño diminuto de sus patas sobre la tela era ensordecedor.
—Quémelo —le ordené al hombre con un hilo de voz, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones—. Quémelo ahora mismo.
Mientras el humo negro ascendía a lo lejos en el patio, mi madre había llegado asustada por el humo, cuando le conté lo sucedido, en silencio comprendió la verdadera causa de la extraña y repentina muerte de mis abuelos.
FIN…

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