Sr. Malakai Vance, cap. 12

Capítulo 12
El inspector Muerte

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El comandante Bindel desapareció de una forma muy extraña; lo último que se supo fue que lo vieron con los dos guardaespaldas, lo que situaba a cualquiera de los trabajadores o clientes del bar como los sospechosos principales de la desaparición. Sin embargo, el inspector Muerte había iniciado una investigación compleja para dar con el paradero de los implicados, o bien encontrar al verdadero criminal.
Una noche con una lluvia torrencial, el inspector llegó al bar a las afueras de Cartana:
La tormenta sobre Cartana azotaba los ventanales cuando la puerta del bar retumbó con fuerza. Sigilosamente, una figura cruzó el umbral bajo el capuchón de una vieja chaqueta de cuero oscuro. El hombre se sacudió el agua de los hombros y caminó directo a la barra, donde una joven pelirroja lo observó con curiosidad.
—Hola, guapo. —¿Qué te sirvo? —dijo ella, apoyando las palmas sobre la madera lustrada.
—Un agua mineral y un par de respuestas, por favor —respondió él, mostrando con un gesto sobrio la placa dorada de la policía corporativa—.

¡Oh, perdone, inspector! No era mi intención faltarle el respeto como autoridad; nunca pensé que fuera de la policía de Cartana. Responderé todo lo que me cuestione. Agregó la mujer, un poco nerviosa.
-¿Estuviste trabajando la semana pasada en el bar?

No. Bueno, sí, pero no estuve en la noche, no sé nada acerca de la desaparición del comandante. -Exclamó la mujer, incluso más nerviosa.

—¿Cómo sabe que investigamos la desaparición del comandante? —dijo el inspector.
—Lo que vimos en las cámaras es que esa noche llegaron al bar un hombre y una mujer un poco extraños; después nadie sabe qué pasó con el personal. Todos los que laboraron ese día por la noche ya no volvieron a trabajar, y no se sabe nada de ellos —agregó la pelirroja más tranquila.
-Mmmmm, ¿quién es el dueño o encargado de este lugar?
-Lo puede encontrar por las mañanas aquí mismo. —dijo la pelirroja.
—¿Cuánto es del agua mineral? —preguntó el inspector.
-Un dólar, por favor.
—¿No dijiste que tú invitabas, mujer? —exclamó el inspector con cierto morbo, mientras sacaba de su bolsillo un billete de 5 dólares.
-Yo no invito a policías, por más apuestos que sean. – Agregó la mujer mientras tomaba el billete.
-Quédate con el cambio, has sido de mucha ayuda. – Agregó el inspector, saliendo rápidamente de dicho bar.
Al día siguiente…
El inspector Muerte llegó al bar a las afueras de Cartana por la mañana; pretendía encontrar al encargado o dueño del lugar; quizás podía aclararle qué sucedió con la desaparición inesperada de los empleados de su bar aquella noche en la que el comandante desapareció.
Un golpe seco contra la madera anunció su llegada; entra el inspector y mira a un hombre robusto de ojos grandes, cabello negro al hombro, sentado en una de las mesas junto al bar, que contaba dinero.
—¿Usted es? —preguntó el hombre admirado.
El inspector muestra su placa.
-Soy el inspector Muerte, y quisiera hacerle algunas preguntas de rutina, si no le molesta.
-Por supuesto que no, inspector, tiene usted un nombre bastante peculiar; no me atrevo a llamarlo Muerte. -Exclamó el hombre nervioso.
—Ese es el nombre que me puso mi madre, no hay nada que hacer; pasando a otro asunto, ¿estuvo usted en el bar el día de la desaparición del comandante Bindel? —Sin más preámbulo, cuestionó.
-SI. Ese día recibí la propuesta de una mujer llamada Zina Lera, quien me pedía rentar el bar por tres horas, sin trabajadores; lo que entendí es que le daría una sorpresa a su novio. Aquí está la identificación que me mostró esa mujer.
—¿Y usted le renta ese bar a cualquier persona? —dijo el inspector, mientras veía aquella identificación que rápidamente se dio cuenta de que era falsa.
-¡Oiga, tengo deudas! Trabajadores que pagar; mientras me paguen, me importa un carajo de dónde venga el dinero o quién lo rente. – Agregó el hombre ofendido.
-Está metido en un lío muy gordo; sabe que el comandante Bindel desapareció en su bar, encima de eso, los trabajadores, que se presume fueron ya eliminados, y, por si fuera poco, no tenemos rastro de los dos guardaespaldas que lo acompañaban. – Exclamó el inspector al oído de aquel hombre.
Yo solo renté el lugar; lo que ahí hayan hecho no es mi problema; en todo caso, eso es problema de ustedes, para eso les pagan con nuestros impuestos. -Dijo ya con sarcasmo el hombre.
El inspector sacó de su bolso una pequeña pulsera de metal naranja y, sin más, la puso en la muñeca de aquel hombre. -Esto es para evitar que usted salga fuera de Cartana; es sospechoso.
¡Está loco! Yo solo renté ese lugar; llamaré a mi abogado y lo demandaré a usted por negligencia. -Gritó el hombre, ya muy exaltado.
-Como sea, usted tiene ese derecho; eso sí, tendrá noticias mías pronto. Ah. Ah, y no trate de quitarse el brazalete; solo provocará que lo multen y lo encierren por desacato.
-¡Es usted un malnacido! Lárguese.
El inspector Muerte salió del bar; lo siguiente era saber quién era esa Zina Lera; era una pieza clave para saber el paradero del comandante y las otras personas… Había que dirigirse a la oficina e investigar con el departamento de hackers cibernéticos… Y el nombre de Zina Lera fue crucial; lo que estos encontraron fue algo brutal y suponía un gran avance en una investigación que tenía algunos años en proceso, esto debido a la búsqueda de un hombre muy importante implicado en narcotráfico y trata de personas.