Capítulo 2
El campo de rosas

© Margarita MedGut
Llevaba ya tres tiempos vistos y no entendía qué clase de juego sucio me jugaba la mente. Volví a cerrar los ojos esperando despabilarme, pero la fatalidad me perseguía, desperté en un campo de rosas blancas donde un hombre cuidaba de ellas con alegre devoción. Como mi cuerpo carecía de forma física, lo seguí durante días; su dicha resultaba contagiosa. Sin embargo, una mañana el hombre no apareció. Lo busqué por cada surco hasta hallarlo inerte entre la tierra, había muerto.
En ese instante, una voz dulce y pausada susurró a mi oído:
—Es triste lo que le sucedió al cuidador de las rosas, ¿verdad?
—¡¿Quién está ahí?! —exclamé sobresaltado.
—Me llamo Angélica. Soy una guerrera del tiempo y me fue encomendada la tarea de mostrarte distintas realidades; en una de esas vidas que tú mismo elegiste conocer, volverás a nacer.
—¡¿Yo?! —repliqué, sumido en la confusión.
—Tú mismo —afirmó Angélica—. Las personas mueren y renacen; es la rueda de la existencia. Cada cual elige el destino y el suelo donde germinar.
—¡Pero si yo no quiero nacer en ninguno de los sitios que he recorrido! Además, ni siquiera sé quién eres —agregué con irritación.
—Inconscientemente, el ser humano escoge su rumbo —continuó la mujer con serenidad—. Por esa razón contemplas los diferentes tiempos que tu propia mente ha proyectado.
—¡Esto es una pesadilla! ¡Y tú no eres más que una ilusión!
—Existo porque tu mente ha decidido concebirme —respondió ella—. ¿Sabes qué es lo más curioso de los mortales? Siempre eligen vidas plagadas de tribulaciones y se aferran a lo imposible.
—¿A qué te refieres?
—A la aceptación de la muerte. Es una realidad con la que la mayoría no sabe lidiar. Todo sería más llevadero si la contemplaran como algo natural.
—Es imposible lo que dices —repliqué—. Lloramos a nuestros seres queridos porque los amamos; aceptar la muerte con frialdad no sería amor.
—Es natural llorar, no digo lo contrario —aclaró Angélica—. Lo que afirmo es que la existencia sería más ligera si se asumiera lo inevitable. Se padece demasiado estrés en la Tierra. Mírame a mí, fallecí por un mal cardíaco derivado de la tensión. Nada material me llevé; solo aseguré mi partida. Si hubiese tomado todo con ecuanimidad, tal vez habría concluido mi misión.
—Quizá tengas razón —añadí, más sosegado—. ¿Y cuál es esa misión que cada uno posee?
—Eso solo tú lo descubrirás con el tiempo.
—No lo sé… sigo pensando que la muerte solo trae sufrimiento —murmuré con voz tenue. Un estruendo proveniente de la cocina me hizo dar un brinco. Desperté aturdido mientras la escasa luz matutina me lastimaba los ojos. La noche anterior había bebido hasta quedar tendido en el suelo. De pronto, el peso del dolor me golpeó el pecho, debía asistir al velorio de mi esposa y de mi pequeño hijo, fallecidos dos días atrás en un trágico accidente automovilístico. Me sentía devastado, culpable, deseoso de acabar con mi propia vida. Aquella tarde no pude ir por mi hijo al colegio por cerrar un trato comercial; en mi lugar envié a mi esposa. El que debió morir fui yo, me repetía. Me dirigí a casa de mis suegros, donde velaban los restos. Al verme, mi suegro me colmó de insultos y me arrojó a la calle a golpes. Incapaz de soportar la agonía, regresé a mi habitación, tomé el viejo revólver que mi padre me había regalado y me disparé en la cabeza.
Todo se volvió tinieblas.
Al caer, la luz de la verdad me iluminó, ¡nada de aquello era un sueño! Yo ya estaba muerto. Mi mente halló paz cuando volví a encontrarme con Angélica. Ella me reveló la realidad, me mostró cómo habría sido la tragedia si mi esposa hubiese acudido por el niño. Por suerte, fui yo quien condujo; fui yo quien se accidentó antes de llegar al colegio. Mi familia estaba a salvo.
Saber que mi esposa y mi hijo continuaban sanos y con vida me llenó de una serenidad profunda. Ya no había culpa, solo la certeza de haber concluido un ciclo. Le pedí a Angélica me permitiese contemplarlos una última vez; al verlos sonreír, mi alma descansó en paz en aquel campo de rosas blancas. Entonces, el letargo se disipó y recordé quién era en verdad al despertar en mi nueva forma…

En las afueras de la ciudad de Valle de la Niebla, resguardado en las montañas, se erigía un poblado remoto llamado Piedra de Luna. Corría el año de 1950. Rara vez llegaba auxilio médico a aquel rincón de apenas cien habitantes. A pesar del aislamiento, el lugar resultaba acogedor, cobijado por densos bosques de pinos, encinos, arces, madroños y rosas blancas de monte. El frío constante no daba tregua al calor.
Cerca de una cumbre habitaban una joven pareja en una modesta cabaña de troncos de encino y techo de lámina. Se dedicaban a recolectar los restos de leña que dejaban los taladores. Aunque se amaban con devoción, sobre ellos pesaba la tristeza de no tener hijos, pues Carmela no había logrado embarazarse y Clemente anhelaba la llegada de un descendiente.
Una mañana, mientras agrupaban la leña, un llanto extraño rascó el silencio del bosque.
—¿Escuchaste eso? Parecen los chillidos de un bebé —dijo Carmela, sobresaltada.
—Iré a investigar —respondió Clemente, empuñando un viejo machete.
Tras unos minutos de incertidumbre, la voz de Clemente resonó a lo lejos:
—¡Ven rápido, Carmela! ¡Mira lo que hallé!
La mujer corrió hasta encontrar a su esposo sosteniendo un pequeño moisés abandonado entre la fronda. Al retirar las mantas, descubrieron a una recién nacida, ávida de sustento y expuesta a las feroces fieras de la montaña.
—¡Mírala, Clemente! Es hermosa… ¿Podemos conservarla? —suplicó Carmela.
—Si la dejamos aquí, morirá —asintió Clemente—. Pero si la llevamos al pueblo, los chismes no tardarán en surgir.
—Diremos que es de tu prima, la que vive en la Ciudad de Monteumbría —propuso Carmela rápidamente—. Diremos que nos la dejó a cargo por un tiempo.
Con la pequeña en brazos y los tercios de leña a lomos de un burro albino, regresaron a su cabaña.
Días después, al bajar al pueblo a surtir víveres, las miradas curiosas no se hicieron esperar. El tendero, conocido por su naturaleza chismosa, se aproximó de inmediato:
—¡Vaya, Clemente! ¿De dónde sacaron a esa criatura?
—Es de mi prima la de la ciudad —respondió Clemente sin titubear—. Nos la ha dejado a la custodia por una temporada.
—¿La solterona? ¡Vaya cosa! —se burló el tendero.
Pronto se unió a la charla doña Mercedes, la frutera, y doña Florencia, otra vecina entrometida. Entre murmullos sobre la «deshonra» de la supuesta prima y comentarios maliciosos sobre las facciones de la niña —¡No se parece en nada a ustedes, parece hija de gente de alcurnia! —, la pareja tuvo que defender el secreto.
Sin responder a más provocaciones, Carmela estrechó a la recién nacida contra su pecho y Clemente apretó el paso, alejándose de las habladurías mientras la penumbra comenzaba a envolver los senderos de Piedra de Luna.
