Cuento número 2
Cartas

© Copyright Margarita MedGut
Mi nombre es Frank Orense y quiero contarles una historia. En alguna época de mi vida atravesé meses oscuros y difíciles, una racha amarga e interminable sin poder obtener un empleo estable. Sobrevivía como podía, aceptando cualquier trabajo temporal que se me cruzara en el camino; sin embargo, mi verdadero oficio, la única vocación que me quemaba por dentro, siempre fue la de ser escritor. Me creas o no, esta historia me sucedió. Ahora que ha pasado el tiempo y lo recuerdo con la distancia de los años, puedo contarla con una ligereza total. Si me dices que estoy loco, realmente no me importa mucho, porque yo sé que ocurrió punto por punto, y es precisamente por eso que hoy puedo sentarme a ponerla sobre el papel.
Todo comenzó mientras caminaba por la calle Levitón, justo a las orillas del mercado zonal de un sitio cualquiera en la vasta Ciudad de México. Deambulaba con las manos metidas en los bolsillos, buscando desesperadamente alguna oportunidad de trabajo en los establecimientos de la zona: restaurantes, bares, abarrotes, lo que fuera. Mi oficio siempre fue y es el de escritor, pero también es una realidad cruel que la literatura no suele remunerarse de la forma en que se debería. Por eso mismo me veía obligado a engancharme en cualquier empleo que me diera el dinero mínimo para sobrevivir, sobre todo para cubrir la renta de la habitación que le alquilaba a la señora Hanson y pagar algunos gastos extras que resultaban inevitables.
Fue en ese momento cuando me percaté de un pedazo de papel pegado sobre un poste de luz de concreto. El aviso, escrito con una letra bastante limpia, decía textualmente: Trabaja como escritor; contáctame al siguiente número de teléfono. Llevaba más de tres meses desempleado y, por azares del destino, me hallaba en ese rincón de la ciudad intentando encontrar un respiro financiero. Aquel anuncio parecía una broma del destino, o un milagro caído del cielo. Tomé el trozo de papel con cuidado, me lo guardé en la bolsa del saco y decidí llamar a primera hora del día siguiente. Cuando marqué el número por la mañana, una voz suave, casi susurrada, pero con un matiz pulcro y distinguido, me respondió al instante:
—¿Puede usted venir a una entrevista el día de mañana?
Me emocioné de inmediato. Era una oportunidad real. Evidentemente, dije que sí sin dudarlo un segundo y pregunté en qué horario tenía que presentarme. La voz al teléfono me explicó que debía asistir a unas oficinas ubicadas muy a las afueras de la ciudad, en un sector donde existía muy poco transporte público y donde, de hecho, casi nadie transitaba. La ubicación me pareció extraña al principio, pero la urgencia económica ciega cualquier instinto de prudencia. Además, pensé que las personas con dinero suelen buscar la calma de la periferia. Me citaron para el día siguiente a las cuatro de la tarde. El horario me pareció extraño, considerando que el trayecto desde mi casa era largo y tomaría bastante tiempo, pero necesitaba el trabajo con urgencia, de modo que acepté las condiciones sin poner un solo pero.
Al día siguiente, me vestí con mi traje de pana negro, el único conjunto decente que conservaba y que solía utilizar cada vez que salía a buscar empleo. Salí con bastante anticipación y llegué faltando quince minutos para las cuatro de la tarde. El paisaje era desolador. Me encontré parado frente a una mansión imponente, sumida en un halo lúgubre. La puerta principal de hierro y madera acusaba el paso severo de los años; estaba desgastada, con la pintura levantada y los herrajes oxidados. No le tomé demasiada importancia. Si me iban a dar un trabajo remunerado, yo no estaba en posición de juzgar la arquitectura o el mantenimiento del lugar. Oprimí el timbre de bronce. Pasaron unos segundos y, al no escuchar respuesta, opté por volver a timbrar.
Lentamente, el pesado portón de hierro crujió y se abrió de par en par. Un hombre de aproximadamente cincuenta años me recibió desde el umbral. Tenía una estatura imponente, de casi un metro con noventa centímetros, y un aspecto verdaderamente peculiar. Vestía un traje rojo confeccionado en una tela extremadamente suave que brillaba a la luz de la tarde, acompañado por unos zapatos de charol relucientes. Sus ojos eran extraños, oscuros y penetrantes, con una mirada que transmitía una sensación siniestra que me erizó la piel.
—¿Es usted el señor Frank Orense? Lo están esperando. Pase, por favor —dijo con una cortesía glacial.
Asentí con la cabeza, confirmando mi identidad, y crucé el umbral. Seguí a aquel hombre a través de un largo y penumbroso pasillo iluminado por la tenue luz que entraba por ventanales polvorientos. Caminamos hasta llegar a una pesada puerta de madera ubicada al final del corredor. El hombre dio dos toques suaves sobre la madera. Desde el interior, una voz fina y pausada —la misma suave voz que me había contactado por teléfono— susurró:
—Pase, señor Frank.
Entré a la estancia y, arrastrado por la curiosidad, no pude evitar preguntar:
—¿Cómo sabe usted mi nombre? Yo nunca se lo mencioné por teléfono.
—En este lugar sabemos absolutamente todo sobre las personas que van a trabajar con nosotros —susurró el hombre que permanecía sentado detrás de un gran escritorio de caoba—. Mi nombre es Hering Robertson. Por favor, tome asiento. Y si está verdaderamente interesado en el trabajo que le voy a ofrecer, le pido que no vuelva a hablar y se limite a escuchar.
El hombre de traje rojo que me había recibido en la entrada hizo una inclinación con la cabeza, se retiró en silencio y cerró la puerta a sus espaldas. Me quedé a solas con el señor Hering. Observé la oficina: las paredes estaban pintadas de un tono sumamente oscuro, casi negro, y de ellas colgaban varios lienzos al óleo que retrataban a hombres de rostros severos con miradas profundamente inquietantes, casi de horror. Decidí ignorar la atmósfera opresiva del recinto y me concentré en las palabras de mi interlocutor.
—Puede presentarse a trabajar el día de mañana —comentó el señor Hering de manera tajante.
—Sí, claro —respondí tratando de mantener la calma—, pero ¿podría usted decirme de qué se trata todo esto? ¿Qué es exactamente lo que tengo que hacer? En el papel que encontré en la calle se anunciaba el viejo oficio de escritor, y aunque no he publicado mi obra comercialmente, a eso me dedico.
—No se preocupe, el trabajo se lo voy a explicar a continuación. Pero le advierto algo: una vez que le platique en qué consiste este empleo, usted ya no podrá echarse atrás. Se lo pregunto de nuevo: ¿Está dispuesto a trabajar con nosotros? Si la respuesta es no, puede retirarse en este instante y haremos de cuenta que esta entrevista nunca ocurrió.
—Por supuesto que acepto —contesté con insistencia—. He venido hasta aquí y necesito el trabajo. No me voy a echar para atrás.
El señor Hering se acomodó en su sillón y comenzó a detallar la oferta. El empleo consistía en escribir cartas. Sin embargo, no se trataba de correspondencia comercial ni de misivas comunes. Cada noche, sin falta, debía asistir a un cementerio específico —el que ellos me indicaran— para redactar y recitar una carta frente a una tumba determinada. Quedé estupefacto. No podía dar crédito a lo que estaba escuchando. ¿Qué clase de cartas tenía que escribir? ¿Y por qué habría que recitarle escritos a los muertos? A pesar de lo insólito de la propuesta, la urgencia económica venció a la prudencia. Acepté el trabajo.
El señor Hering me indicó que me presentara al día siguiente a las once de la noche en las afueras de la ciudad, en el denominado Panteón de los Desdichados. Allí me esperaría el hombre de traje rojo que me había recibido en la mansión para entregarme las indicaciones precisas de lo que debía escribir, a quién iba dirigida la misiva y de qué forma debía recitarla. Sin más que añadir, me puse de pie, me despedí y abandoné la mansión.
Caminé de regreso a mi habitación con la cabeza llena de dudas. Intentaba imaginar qué tipo de texto se le podía dedicar a un desconocido bajo la tierra. Aunque me consideraba un escritor experimentado, jamás en mi carrera me había enfrentado a un encargo de esa naturaleza. Estaba sumido en un verdadero dilema moral y psicológico, pero la necesidad me impedía retractarme. Pasé el resto del día en un estado de contemplación; comí un ligero bocadillo, bebí un vaso de vino para templar los nervios y traté de descansar un poco antes de que cayera la noche.
Al día siguiente, tomé mis cosas y me dirigí hacia el Panteón de los Desdichados. Llegué a las once en punto de la noche. El lugar era lúgubre, rodeado por una bruma densa y un silencio sepulcral. Justo frente a la reja principal de la entrada había una limusina negra, con un diseño antiguo que recordaba a una carroza fúnebre. Del asiento trasero descendió el hombre del traje rojo. Se acercó a mí con pasos lentos y firmes.
—Ha venido usted. Se ve que ha tomado la decisión final, y eso es bueno, ya que la paga será bastante generosa. También le aviso que la carroza a partir de mañana lo recogerá donde usted le indique; será más fácil para usted llegar y regresar de forma fácil —dijo con su voz desprovista de emoción.
—Por favor, deme las indicaciones y gracias por poder ir por mí —le respondí, aturdido por el viento frío de la noche—. Entre más rápido termine con esto, más pronto podré regresar a mi casa.
El hombre metió la mano en la solapa de su chaqueta roja, sacó una hoja blanca doblada y me la entregó junto con una pequeña llave de hierro herrumbrado. Me explicó que esa llave abría el candado del portón principal del panteón. Sin decir una sola palabra más, el sujeto subió a la carroza y el vehículo se alejó lentamente hasta perderse en la oscuridad de la carretera.
Desdoblé la nota bajo la luz tenue de una farola cercana. En el papel se leía lo siguiente: Abrir el portón. Entrar y avanzar hasta la tumba de Thomas Sommer. Redactar una carta sobre lo que él fue en vida, destacando sus buenas acciones y mencionando que su familia aún lo extraña profundamente. La carta debe ser sumamente emotiva. Debe tomarse al menos una hora para redactarla y recitarla en voz alta frente a la lápida. Puede inventar una historia de la persona, solo cosas buenas y emotivas. —Decía el papel—.
Introduje la llave en el candado, abrí el portón de hierro que emitió un chillido agudo y me adentré en la necrópolis. El miedo me oprimía el pecho; tenía la piel erizada y las manos me temblaban mientras buscaba el nombre de Thomas Sommer entre las tumbas cubiertas de musgo. Cuando al fin encontré la lápida, me senté sobre la tierra fría, saqué mi libreta y escribí las líneas requeridas lo mejor que pude. Luego, con la voz entrecortada por el temor, comencé a recitar el texto hacia la oscuridad. Cuando el reloj marcó casi las doce cuarenta de la madrugada, di por concluida la lectura, cerré el portón al salir y la carroza estaba de regreso para llevarme; esta vez ya no venía el hombre de traje rojo. Llegué a casa con el corazón latiéndome a toda prisa.
Aquella dinámica insólita se convirtió en mi rutina de cada noche. Durante semanas, el hombre del traje rojo aparecía puntualmente a las diez cuarenta de la noche para llevarme frente al Panteón de los Desdichados, me entregaba la hoja con las instrucciones para el difunto en turno y me dejaba a solas con las tumbas; luego la carroza regresaba por mí, casi a la una de la mañana. Tal como me lo habían prometido, los días diez de cada semana me entregaban mi pago en efectivo: una suma considerable que cubría con creces mi renta y mis gastos. Sin embargo, el costo psicológico comenzó a ser devastador. Mi mente no resistía el peso de aquella atmósfera. Empecé a tener pesadillas horribles y recurrentes en las que los difuntos a los que les redactaba emergían de la tierra para escucharme.
El día diez de mi segundo mes, cuando el hombre de rojo me entregó la paga correspondiente, supe que no podría continuar. Aquella misma noche redacté la última carta, dirigida a una tumba a nombre de Linda Lee. Al terminar de recitar las últimas palabras bajo el viento helado del cementerio, tomé la decisión firme de no volver jamás a ese lugar. Rompí el contacto y me encerré en mi habitación, dispuesto a buscar cualquier otro medio de vida con tal de no regresar a la necrópolis.
Pasó una semana entera en completa calma, hasta que una tarde sonó el teléfono de mi habitación. Al contestar, escuché la voz pausada del señor Hering Robertson.
—Señor Orense, necesitamos que se presente mañana a las doce del día en el panteón. Le entregaremos una suma de dinero adicional por el tiempo trabajado con nosotros, una especie de finiquito para dar por concluida nuestra relación laboral.
Yo no quería saber nada más de ellos, ni de sus extraños encargos, pero la necesidad financiera volvió a inclinar la balanza. Pensé que un dinero extra me vendría bien para sostenerme mientras encontraba otro empleo regular.
Al día siguiente, a las doce del mediodía, me presenté en el Panteón de los Desdichados. Bajo la luz brillante del sol, el cementerio lucía distinto, menos amenazante, pero profundamente desolado. Esperé durante varios minutos en la entrada, pero no había rastro de la carroza negra, ni del hombre del traje rojo, ni del señor Hering. Decidí caminar por el pasillo central para averiguar si había alguien adentro.
A los pocos metros encontré a un hombre de edad avanzada que llevaba en sus manos una pala, un rastrillo, algunas veladoras consumidas y ramos de flores secas. Deduciendo que se trataba del sepulturero del lugar, me acerqué a él.
—Disculpe, buenas tardes. ¿Ha visto una limusina negra o una carroza estacionada por aquí? Me citaron a esa hora para entregarme un finiquito de trabajo. Me contrataron unos señores llamados Hering Robertson y un hombre de traje rojo que maneja el vehículo.
El sepulturero detuvo su marcha de golpe. Se giró hacia mí y me miró con una mezcla de desconcierto y absoluto terror. Los instrumentos de trabajo parecieron pesarle en las manos mientras me observaba de arriba abajo.
—¿De qué está hablando usted? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Dice que lo contrataron el señor Hering Robertson y el hombre de rojo?
—Sí, así es. He estado viniendo por las noches a redactar cartas por encargo de ellos —expliqué con calma.
El hombre soltó un largo suspiro, se quitó el sombrero y me miró fijamente a los ojos antes de pronunciar unas palabras que helaron la sangre en mis venas:
—Señor, eso que me dice es completamente imposible. El señor Hering Robertson, dueño de la antigua mansión de la colina, y el hombre de rojo murieron hace más de cien años. Ambos están enterrados en la última sección de este panteón. Si no me cree, camine hasta el fondo del corredor principal y compruébelo usted mismo en las inscripciones grabadas en sus tumbas.
Caminé por curiosidad al fondo del corredor principal y lo que vi en aquellas tumbas me dejó helado; ahí yacían las tumbas de aquellos hombres:
«Aquí yacen los restos de Hering Robertson y su fiel criado. Sentenciados por la piedad popular y reducidos a cenizas en la hoguera el 12 de noviembre de 1919. Que la eternidad perdone a quienes las llamas no pudieron purgar».
Jamás volví a ese lugar.
Fin…
