Rosas sobre el sepulcro 14


Cuento número 14
El epistolario del Sr. Malphas

© Copyright Margarita MedGut


Cuán triste me siento; solo deseo morir, quiero estar con mi esposa en el más allá. He regresado del cementerio hace apenas unas horas. Esta mañana hemos despedido a mi amada, la cual ha fallecido en un terrible accidente, y ya ni siquiera me quedan fuerzas para sollozar. Me siento desgarrado por la culpa, un desgraciado que solo arrastra consigo el estigma de esta maldita enfermedad. Sin embargo, debo redactar lo que me sucedió y por qué me encuentro atrapado en este infierno. No deseo otra cosa que narrar los hechos; ustedes juzgarán si he perdido la razón o si verdaderamente aquello ocurrió.

Hace tiempo viví una situación extraña. No me atrevía a contarla porque, en apariencia, todo tuvo lugar en el seno de un sueño recurrente que me asaltaba cada noche en aquel hospital psiquiátrico donde fui internado por mi esposa, quien ejercía como médica en el recinto. Mi nombre es Luminoth Moore, o al menos es lo que mi fragmentada memoria conserva. Sufrí episodios de esquizofrenia desde antaño y, para tratarlos, tuve que ser recluido en el Hospital de Ternan, una urbe situada en el centro de un país llamado Sores. Gracias a los cuidados que recibía y a las dosis que mi esposa me administraba con devoción, logré mantener bajo control esta terrible afección. Sin embargo, en una de aquellas noches oscuras, me suministraron un fármaco experimental que prometía efectos milagrosos para mi condición. Tan pronto como el líquido frío penetró en mis venas, me desvanecí velozmente, cayendo en un abismo de sopor.
Cuando desperté del trance, me encontré de pie frente a una vieja casona asaz lúgubre y majestuosa, cercada por árboles y arbustos moribundos. La edificación, imponente, pero caduca, parecía haber albergado en tiempos pasados una oficina de correos. Se hallaba en un estado lamentable: los cristales rotos, la pintura descascarada y el tejado parcialmente hundido por el abandono. El letrero postal aún pendía de la fachada, descolorido y carcomido por el orín; daba la impresión de que nadie había hollado aquel suelo en décadas. El ambiente sombrío que envolvía la propiedad azuzó mi inquietud, despertando a la vez una fatal curiosidad.
Empujé la puerta principal y esta se desplomó hacia el interior, cedida por el peso de los años. Al acceder a lo que parecía ser una sala de espera, divisé un archivador de metal de aproximadamente un metro de ancho por cincuenta centímetros de alto, provisto de una ranura frontal para insertar correspondencia. El receptáculo estaba dividido en múltiples compartimentos etiquetados con destinos y nombres desconocidos. De pronto, un chasquido rompió el silencio, una carta se desprendió de una de las ranuras. Un gélido escalofrío me recorrió la espina dorsal. Alcé la mano, tomé la misiva y rompí el sello. El escrito rezaba lo siguiente:
20 de mayo de 1890. Sr. Göring, trabajador administrativo del Hospital Psiquiátrico de Ternan, ha sido elegido para concluir su recorrido por el mundo terrenal. Pasará el 20 de mayo de 1890 a las 6:30 de la tarde. Se hallará en el café donde acostumbra leer el periódico a la hora señalada.
Al leer aquello, quedé petrificado de espanto; el corazón me martilleaba el pecho con violencia. Intenté huir de aquel lugar maldito, pero el terror me paralizó los músculos. Ante mis ojos, nuevas cartas comenzaron a brotar sistemáticamente de las ranuras. Se desprendieron tres misivas más. Movido por una morbosa fascinación, procedí y abrí las restantes:
5 de julio de 1895. Sra. Berenguer, ama de llaves en la residencia de los señores Schmidt. Ha sido elegida para concluir su recorrido por el mundo terrenal. Pasará la mañana del 5 de julio de 1895. La Sra. Berenguer se encontrará bebiendo su té matutino.
Así fui deshojando los otros sobres. Todos los nombres pertenecían a personas reales, miembros respetables de mi propia comunidad. Tras la Sra. Berenguer, fue el turno de Madame Viaje, la esposa de un distinguido colega de mi mujer; finalmente, apareció el nombre del Sr. Fischer, nuestro vecino colindante.
No podía dar crédito a la macabra profecía que sostenía en mis manos. Justo cuando recobré cierto dominio sobre mis piernas e intenté dar un paso hacia la salida, sentí una mano inhumanamente helada posarse sobre mi hombro. Me giré con el rostro desencajado por el horror. Allí estaba él: un hombre de estatura descomunal, enjuto, con la piel de un blanco cadavérico, los ojos profundamente hundidos en sus órbitas y una estampa esquelética. Al cruzarse nuestras miradas, dibujó en su rostro una sonrisa cruel. El crujido de una última carta expulsada de la ranura me hizo volver la cabeza por un instante; cuando regresé la vista, el sujeto se había esfumado en el aire.
Con un temblor incontrolable, tomé el papel recién caído. Al desplegarlo, el calor abandonó mi cuerpo, dejándome bañado en un sudor frío y amargo. Las lágrimas brotaron sin que pudiera contenerlas al leer el contenido:
24 de diciembre de 1899. Sra. Moore, médica del Pabellón 3 en el Hospital Psiquiátrico de Ternan. Pasará a media tarde del 24 de diciembre de 1899. La Sra. Moore se encontrará en su carruaje de regreso a casa para reunirse con su esposo, Luminoth Moore, con quien celebrará la Nochevieja.
¡Era la sentencia de mi propia esposa! Desesperado, el instinto de salvación me devolvió el movimiento. Salí huyendo de aquella casona execrable con una sola idea fija en la mente, cambiar lo que estaba escrito, burlar al destino y salvar a mi mujer de las garras de la muerte. Corrí a ciegas bajo la penumbra hasta tropezar y despeñarme por una ladera enfangada. Sentí que caía a un abismo insondable en el que veía la figura lejana de mi esposa, extendiendo una mano que jamás alcancé a rozar.
Desperté en la cama del hospital. Según me explicó mi esposa con voz pausada, todo había sido una pesadilla inducida por la reacción adversa al medicamento experimental; me suplicó que no prestara atención a semejantes alucinaciones. Decidí creerle y procurar el olvido. Sin embargo, los años transcurrieron implacables, y fui testigo mudo de cómo cada una de aquellas fechas fatídicas se cumplía con una precisión escalofriante.
Hoy es 25 de diciembre de 1899, y acabo de regresar del cementerio donde reposan los restos helados de mi amada, falleció en un accidente. Lo más perverso de esta tragedia es que, efectivamente, mi mente sanó; los episodios de esquizofrenia desaparecieron y recobré la lucidez completa. Aquí me hallo, escribiendo estas líneas que llevaré en unos días a su tumba junto a un ramo de rosas blancas, consumido por el dolor de saber que tal vez pude haberla salvado.
(Nota manuscrita adjunta al diario, hallada días después junto al cuerpo de Luminoth Moore)

Querido amigo:
He leído con profunda aflicción tu relato sobre la irremediable pérdida de tu esposa y los insólitos pasajes que precedieron a su partida. Tu desconsuelo y el peso del remordimiento resultan patentes en cada trazo de tu pluma. Sin embargo, debes comprender la naturaleza del pacto, la absolución de tu locura requería un saldo de igual valor. Aquello no fue una profecía… fue el cobro por haberte devuelto la cordura.
Atte.,
El Sr. Malphas

Fin…