4 ENCOMIENDAS
Capítulo 11
Encomienda 1
El comandante Bindel

©Copyright Margarita MedGut
La encomienda 1 decía que tenía que verme con Yertra para planear la captura del comandante Bindel. Yo me preguntaba quién era este personaje, ¿cuál era la razón de querer atraparlo? Sin embargo, no me correspondía saberlo; en todo caso, solo quería salir de este embrollo, así que al día siguiente, que era un sábado, me dirigí a casa de Yertra; imaginé que ella también había recibido el mismo sobre. Por otro lado, tenía la curiosidad y, en todo caso, una pregunta rondaba en mi mente: ¿cómo íbamos a capturar a un comandante? Seguramente era un personaje entrenado; yo, por mi parte, era únicamente un oficinista de los correos virtuales, y un perdedor que apenas se defendía de los perros callejeros hambrientos. Toqué el timbre, dejando por un rato esos pensamientos irritantes. Yertra abrió la puerta, pero esta vez se asomaba a ver si no me estaban siguiendo; vestía un disfraz tipo escocés, con unas botas que se veían cómodas.
¿Qué te sucede, mujer? No cabe duda de que cada día estás más mal de tu cabeza. -Agregué,
-Deja de criticarme, necesito que me acompañes a un lugar que debo mostrarte; te sugiero que uses ropa más cómoda, de preferencia oscura. —Me dijo nerviosa.
¿A dónde vamos? Tú siempre tienes sorpresas que no son agradables. -Agregué un poco molesto.
-Deja de decir tonterías y larguémonos de aquí; las paredes pueden escuchar. —Exclamó Yertra con cierto apuro.
Nos dirigimos a su coche, y comenzó a conducir por la avenida principal; luego se detuvo en una tienda de disfraces, entramos y me hizo elegir un uniforme tipo militar negro, con una máscara tipo cybergoth. Luego salimos de esa tienda; debo admitir que el conjunto negro me otorgaba una presencia imponente, casi marcial; la máscara ocultaba mi vulnerabilidad y me daba un aire de fría autoridad, incluso más tétrico. Yertra no dejaba de mirarme, y cuando volvimos a su coche, agregó.
-Te ves muy bien, me has sorprendido. Ahora tenemos que llegar a la casa de unos amigos; es necesario que nos den todo lo que necesitamos. -Dijo Yertra abrumada.
¿Qué necesitamos? Solo tenemos que ir por ese comandante; lo podemos amenazar y ya. – Agregué como si fuera tan fácil.
—No sabes qué clase de hombre es el comandante, ¿sabías que cuando escapó de la secta mató a 20 hombres en un solo día? —agregó Yertra advirtiendo.
-Si fuera tan fuerte como dices, no nos hubieran dado esta encomienda; seamos honestos, ni tú, ni yo sabemos usar armas, ni pelear. —¿Cómo pretendes que lo capturemos? —respondí un poco incrédulo, tratando de contrariar a Yertra.
-No sabemos usar armas, pero somos inteligentes, y veremos la forma de atraparlo; además, tú tienes más fuerza de lo que crees. – Agregó Yertra como si me conociera.
-¿Qué sabes tú de mi vida? Solo te conozco de la escuela, y realmente no convivimos mucho. -Le dije.
-Te conozco más de lo que crees, y a tu padre también le conocía. —Me dijo, quedando confundido con sus palabras tan tajantes.
-A mi padre no lo menciones, ¿de dónde podías conocerle? No cabe duda de que cada día estás más loca, mujer. -Le expresé un poco burlón.
-Dejemos ese tema, hombre, que casi llegamos al lugar que te dije. Cuando entremos, no hagas preguntas estúpidas, solo tomaremos lo que necesitemos y punto. -Agregó perseverante.
Finalmente, dimos vuelta por la avenida Batalla del Narco, seguimos unas 5 calles más y dimos vuelta en un pequeño callejón; luego nos paramos en el número 333. Yertra tocó la perilla una sola vez; esperamos casi 10 minutos. Yo quise volver a tomar la perilla, pero en eso, alguien abrió la puerta muy rápido, hecha con un herraje bastante ingenioso, de modo que la gente no se diera cuenta de que aquello fuese una puerta.
–BALUM FAFA, HERMANA. QUE LA SOMBRA COBIJE TU SANGRE. – Dijo un hombre fortachón que yacía en un pequeño escritorio junto a la puerta, y que lentamente cerraba la puerta.
–BALUM FAFA, HERMANO. QUE LA SOMBRA COBIJE TU SANGRE. -Respondió Yertra haciendo una corta reverencia, mientras me incitaba a que yo hiciera lo mismo.
-Adelante, el maestro los está esperando. -Exclamó aquel hombre, que era obvio que tenía conocimiento de nuestra visita relámpago.
Entramos en la cocina y nos dirigimos a un refrigerador industrial gigante que estaba empotrado en la pared; el frío no se hizo esperar. Luego nos dirigimos por una segunda puerta dentro de aquel gigante refrigerador, y nos dirigió por una escalera que bajaba. Por más de 15 minutos recorrimos, luego entramos a un gran salón bastante iluminado; el frío había desaparecido, el clima se podría decir que era cálido. Pero no era eso lo increíble, era la decoración de aquel salón: las cuatro paredes del salón estaban decoradas con una especie de libreros de metal empotrados a la pared; estaba repleto de toda clase de armamento, artefactos y hasta frascos con un líquido negro burbujeante.
¿Qué es todo esto, Yertra? ¿A dónde me has traído? –pregunté.
-Este es el salón de la vida; aquí podemos elegir todo lo que necesitemos para atrapar al comandante Bindel. -Respondió.
—¿Quién es este perfecto extraño? —preguntó un hombre viejo que salió de una pequeña puertecilla al lado de aquellos libreros.
-Oh, gran maestro, mucho tiempo sin verle. Quiero presentarle a uno de mis discípulos, Cedric. -Respondió Yertra.
¿Tú, mi maestra? Jajaja, qué loca estás. —Le dije burlón.
-en eso sentí una fría espada en mi cuello…
Calla, insolente, Yertra puede enseñarte muchas cosas que desconoces. -Respondió el viejo furioso.
-Por favor, gran maestro, no es el momento de asesinar a nadie. -Sugirió Yertra nerviosa.
El “gran maestro” me soltó y comenzó a hablar.
-Tengo un juguete nuevo que te puede interesar. Exclamó el maestro.
Luego se dirigió a la pequeña puertecilla y sacó una pequeña pluma.
—Eso es una pluma, ¿de qué nos puede servir? —agregué con más seriedad.
La pluma contiene una tinta negra, espesa y brillante extraída de los mismos rituales de la secta. No necesita disparar nada; basta con rozar la piel de la víctima o hacer un rasguño imperceptible para que el fluido entre en el torrente sanguíneo.
-Yo quiero esa pluma, está increíble y lo mejor es que nadie se dará cuenta de que es un arma. -Declaro Yertra.
¿Qué es ese líquido rojo burbujeante? —pregunté.
—Es un corrosivo alquímico —explicó el viejo maestro con una sonrisa tuerta—. Una sola gota disuelta en una bebida paraliza la garganta y cauteriza las cuerdas vocales; en cuestión de minutos puede dormir hasta a un caballo. En cantidades mayores, vertidas sobre la piel, destruye el tejido y deforma el rostro en cuestión de segundos. Les dará la ventaja suficiente antes de que el objetivo pueda reaccionar o pedir ayuda. —Respondió el viejo maestro.
-Mmmmm, yo quiero ese líquido. -asumí.
Debo advertirles a ambos que tanto la pluma como el líquido son peligrosos; la pluma tiene una carga para un mes; después de eso ya no sirve. -Advirtió.
Entonces Yertra tomó otras armas que escondió en una bolsa que tenía su disfraz por adentro de la chaqueta. Yo solo el líquido burbujeante rojo. Nos dirigimos a casa de Yertra, donde, para variar, me ofreció vino tinto.
-Pensé que ya no bebías, Yertra, habías dicho que ya no lo harías. -Le dije un poco cansado.
-No bebo mucho, pero el momento lo amerita. Estamos a punto de hacer una encomienda importantísima; podemos morir, ¿lo sabías? Así que, si muero ebria, será bueno. -Agregó mientras servía dos copas de aquel vino, las cuales yo le rechacé.
—No tienes remedio, mujer, piensas que vamos a atrapar a ese comandante, pero la duda es: ¿A dónde lo llevaremos después de tenerlo entre nuestras manos? —pregunté confundido.
-Lo llevaremos al salón donde llevé a tu padre; tenemos que planear bien. Y sé que le encantan las mujeres, así que lo voy a seducir. Cuando ya lo tenga en mis garras, le daremos una pastilla para dormir en un trago; yo seré la carnada y tú harás el resto. —No sé de dónde sacas tantas estupideces; la cuestión aquí es: ¿cómo lo sacaremos de ahí, una vez que se duerma? —agregué sorprendido.
-Lo sacaremos por la ventana; su casa es grande, pero una ventaja para nosotros es que su casa es de una sola planta y su habitación da a la calle. —Dijo Yertra segura.
¿Cómo puedes estar tan segura? En todo caso, si no fuera así, seremos atrapados y seremos nosotros los asesinados. -Le dije inseguro.
-Conozco muy bien a ese comandante, fui su verdugo por un tiempo, abusó de mí cuando recién fui iniciada; créeme que conozco muy bien todos sus pasos, y ha llegado el momento de atraparlo y vengarme por todas las aberraciones que cometió conmigo. Agregó con cierto odio en sus palabras.
Al menos pagaste un poco de todo lo malo que has hecho a mucha gente; además, ¿por qué se salió de la secta? —cuestioné, recordando lo que sucedió con mi padre y las chicas de Ciudad Negra.
-No lo sé. Solo sé que el Sr. Malakai Vance quiere ajustar cuentas con él. Desde hace mucho tiempo ellos ya se odiaban, y te sugiero que dejes de estarme restregando lo sucedido; tú no eres una blanca paloma tampoco. Agregó con cierta furia.
-Entonces pongámonos en marcha, es el momento. -Le dije.
-No. Dame unos días, lo voy a contactar, y yo te llamaré cuando sea el momento. Vete a casa, ya es tarde, y ten cuidado de que nadie te esté siguiendo. -Exclamó Yertra, segura de lo que decía.
Está bien, estoy un poco agotado, el día fue largo, quiero ducharme y descansar. -Le dije abrumado.
Tomé mi coche de donde lo había dejado estacionado y me dirigí a mi casa; pensaba en ese comandante, en lo que me reveló Yertra, sobre las aberraciones que pasó. Al llegar a mi departamento, únicamente me duché, luego pedí una ensalada y una limonada a Popi Foods, me recosté en mi cama y encendí la televisión.
Días después…
¿No habías dicho que lo visitaríamos en su casa? Por otro lado, creo que es mala idea lo del bar; todo será más difícil. Agregué, convencido.
-Tuve que cambiar la estrategia; el comandante ya no está en su residencia, se mueve de noche por la zona de bares. Te dije que lo iba a planear, y la mejor manera es esa, citarlo en el bar, ¿tienes el brebaje ese? —cuestionó.
-Si. Lo tengo. En todo caso, podemos ponerle algo en su bebida, dormirlo y llevarlo al Sr. Malakai Vance. -Agregué nervioso.
-Es necesario que llevemos nuestras armas; el Sr. Malakai Vance en ocasiones no se quiere manchar las manos. -Me dijo Yertra con una voz perversa.
-Preferiría no mancharme las manos, pero no puedo decidir por mí, carajo, dónde me metí. -Me repetía constantemente.
-No seas gallina, todo saldrá bien. Estacionaré el coche en la parte trasera del bar; no saldremos por delante, el comandante siempre va acompañado. Solo sigue las instrucciones y todo saldrá bien. – Agregó segura.
—Está bien, ¿ya nos vamos? —pregunté impaciente.
-Sí, para que te acomodes en el bar, y debo convencer al comandante de pedir solo vodka con arándano, pero para eso, tienes que tener el vaso listo con el líquido rojo burbujeante. Expresó Yertra.
Salimos rumbo al bar donde había quedado con aquel sujeto. Para variar, el bar estaba a las afueras de Cartana; tardamos casi 40 minutos. Por suerte, el lugar estaba más o menos lleno. Llegamos y la barra estaba lista para ser ocupada; por otro lado, Yertra charló unos minutos con el dueño y, claro, miré cómo le entregó un fajo de dólares. Luego el hombre se retiró; al parecer, Yertra rentó el bar por esa noche. Finalmente, se estacionó una limosina en la entrada de aquel lugar, de la que bajó un hombre moreno, de ojos pequeños, cabello rojo, de cuerpo erguido, bastante feo, pero con un cuerpo más o menos atlético. Estaba acompañado de otros dos hombres; supuse que era el comandante y sus guardaespaldas. Sin embargo, una vez que miró a Yertra, el hombre exclamó.
-Pueden retirarse de aquí; pasan en una hora por mí, iremos a mi casa de la playa. -Agregó el comandante; mientras tanto, Yertra le sonreía.
—Comandante, es un gusto verle; ¿cuánto hace desde aquel día en el salón? —agregó nerviosa Yertra.
Sí, lo recuerdo, y tú sigues igual de hermosa. – Agregó el comandante con mirada morbosa; veía a Yertra de pies a cabeza.
—¿Quiere beber algo? —dijo Yertra un tanto apurada.
—Sí, quiero un whisky en las rocas, ¿qué bebes tú? —cuestionó.
-Vodka con jugo de arándano, me lo ha recomendado el chico del bar; debería probarlo, está buenísimo y fresco. -Agregó Yertra, tratando de convencerlo de que bebiera vodka.
Venga, pues, sírveme uno, muchacho. —Me indicó el comandante convencido.
Yo asentí, y tomé el vaso que ya tenía listo con el líquido rojo, mi arma secreta; lo llené de jugo y le puse más de la medida indicada de vodka. Caería más rápido, pensé; finalmente, solo teníamos una hora para salir del bar con el comandante. Por suerte, no hubo más percance y el hombre parecía estar cansado y con sueño; solo dijo lo siguiente.
-Yertra, llévame a casssss. -Pedía el hombre, al mismo tiempo que se quedaba sin fuerzas.
Teníamos estacionado el coche en la parte trasera del bar; salimos por la cocina. Por fortuna, Yertra se había encargado de despachar también al personal de la cocina; no tuvimos problemas. Esta vez conduje yo, pisé el acelerador, ya que los guardaespaldas podían estar cerca, y justo cuando pasamos por la gasolinera, estaban ahí esos malditos, y nos habían visto, así que aceleré lo más que pude; casi llegando a la ciudad los perdimos. Sin embargo, teníamos que aprovechar para llegar hasta el salón, que estaba todavía a unos 20 minutos. Finalmente, llegamos, pero al tocar la puerta del salón, alguien nos apuntaba desde una distancia de medio metro; eran los guardaespaldas, que sigilosamente nos alcanzaron y siguieron. Todo había terminado, pensaba, pero cuando estaban a punto de sacar al comandante de nuestro coche, recibieron una bala cada uno en la sien; cayeron automáticamente.
—¿Qué fue todo eso, Yertra? —cuestioné muy nervioso, porque lo primero que pensé fue que era la policía.
-No lo sé, pero apresúrate, ya han abierto la puerta; ayúdame con el comandante, pesa mucho. -Agregó Yertra, asustada.
Subimos por los escalones al comandante, y al entrar al salón, todo el escenario estaba distinto; había una silla y 4 hombres armados hasta el cuello. Entonces supe quién había asesinado a los guardaespaldas. Uno de ellos ató al comandante en la silla; mientras tanto, dos de ellos metieron a los guardaespaldas, los dejaron en la cocina. Entonces, el que parecía ser el líder de aquellos hombres exclamó con voz de mando.
-Yertra, entra con tu amigo a la cocina y ya sabes qué hacer con los cuerpos; luego se pueden ir por donde ya sabes; nos encargaremos de desaparecer tu coche.
-Como ordene, señor oficial, y gracias por salvarnos la vida. -Agregó Yertra como si conociera a aquel hombre muy bien.
Yertra tomó mi brazo y nos dirigimos a la cocina, que para variar era un lugar muy extraño; solo estaba la mesa alargada de metal, unas cuantas sillas, un refrigerador industrial con dos puertas gigantes y una especie de horno crematorio alargado, donde bien podían caber más de 7 personas. Sin esperar tiempo, Yertra agregó nerviosa.
-Ayúdame a subir los cuerpos de estos bastardos a la camilla.
¿Qué? ¿Estás loca? —le dije sorprendido.
-Si no quieres ser tú el cremado, entonces súbelos rápido, gallina. -Exclamó Yertra furiosa.
Subí lo más rápido que pude los cuerpos, y luego Yertra encendió el horno. Luego abrió una de las puertas del refrigerador; estaba repleto de carne y verduras. Sin embargo, toco una pequeña ranura y la pared se comenzó a girar; era una puerta secreta. Bajamos por unos escalones, quizás unos 5 pisos, luego caminamos por una especie de túnel por más de media hora; llegamos a otra puerta que nos dirigió a otro salón que parecía un almacén de ropa nueva. Nos vestimos con ropa elegante como para ir a un restaurante de lujo; la ropa que nos quitamos la tiramos por una especie de tubo circular como el que utilizan en las lavanderías grandes. Salimos por otra puerta y caminamos otra media hora por aquel túnel; finalmente, entramos a otra habitación y salimos por un refrigerador parecido al del salón, pero esta vez era la cocina de un restaurante muy famoso en la ciudad. Era obvio que toda la gente de aquel lugar estaba metida en la secta. Sin más preámbulo, salimos de forma elegante por el comedor que estaba repleto de comensales; en la calle, Yertra me dijo lo siguiente.
-Ve a tu casa, y ve a tu trabajo como lo haces normalmente, sal con chicas para que te distraigas, no hables con desconocidos, y yo te llamaré cuando todo esto pase; también me encargaré de esos dos guardaespaldas. No te preocupes, ¿entendido?
-Sí. Asentí con mi cabeza muy abrumado y nervioso, ya que lo que habíamos hecho era un crimen.
Yertra esperó a que yo tomara un taxi; la verdad es que no podía ni hablar, estaba inmiscuido en mis pensamientos, en los hechos que recién ocurrieron. ¿Cómo iba a ir a mi trabajo como si nada sucediera? –me preguntaba.
¡Hemos llegado, señor! Me escucha. -Exclamaba el taxista con voz fuerte.
Oh, sí, perdone, aquí tiene, quédese con el cambio. —Agregué nervioso mientras bajaba del coche.
Luego caminé cinco calles más abajo, ya que no le di la dirección correcta al taxista. Solo entré a mi casa y me metí a la ducha; estuve por más de dos horas, tratando de entender los hechos. ¿Y si nos atrapaban? Iría a prisión por el resto de mi vida; sin embargo, pude ver que Yertra era una mujer muy astuta, y tenía que hacer lo que ella me sugería; solo así iba a sobrevivir. -Pensaba. Luego encendí la televisión, que para colmo estaba plagada con la noticia de la desaparición del comandante; esa noche no dormí absolutamente nada. Por días no sucedió nada; yo trataba de recuperar mi vida normal.
Días después…
Lea era una chica muy simpática; desde que comenzó a verme distraído, se preocupó por mí. Por mi parte, quería invitarla a salir; me parecía una chica agradable, y justo una noche después de cenar con ella, me había contado de la trágica enfermedad de su padre. Entonces recibí la llamada inesperada de Yertra…
-Necesito verte mañana en mi casa a las 8 de la noche. -Exclamaba aquella voz de Yertra; esta vez sonaba distinta, pareciera que alguien más estuviera con ella, y al mismo tiempo me colgó.
