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Miré el despertador: faltaba un cuarto para las cinco de la mañana. Decidí levantarme de una vez, ya que en un par de horas mi esposo Manolo y yo emprenderíamos nuestro viaje. Él es un cirujano reconocido en México y debía presentarse en una semana en el Hospital General de Michoacán para encabezar una cirugía compleja. Como nos apetecía viajar por carretera, planeamos salir con días de anticipación para descubrir pueblos y rincones nuevos en el camino. El trayecto transcurrió en perfecta calma. Sin embargo, no fue sino hasta el viaje de regreso cuando nos enfrentamos a una situación sumamente insólita.
Daban las nueve de la noche cuando el cansancio finalmente nos pasó factura. Manolo ya dormitaba al volante, por lo que le sugerí que hiciéramos una parada en el siguiente poblado para descansar. Media hora más tarde divisamos un parador nocturno. Por fortuna, encontramos una tienda Oxxo abierta; compramos algunas provisiones y el cajero que nos atendió nos aseguró que a solo unos minutos de ahí yacía un pueblo llamado San Juan Parangaricutiro. Nos dirigimos hacia allá y, al llegar, descubrimos aliviados varias casas con letreros que rezaban: “Hostales en servicio”.
A pesar de nuestras insistentes llamadas, tocando cada timbre y puerta que veíamos, nadie nos abrió. La frustración y el agotamiento nos dominaban, así que Manolo propuso que nos quedáramos a dormir en el coche, estacionados frente a la plaza principal. Bastó con asegurar las portezuelas; afortunadamente, las ventanillas polarizadas nos mantendrían ocultos. Cenamos algo rápido y mi esposo se acomodó en el asiento trasero para que estuviéramos más cómodos, mientras yo permanecí en el del copiloto.
La noche avanzaba en paz profunda hasta que, a lo lejos, rasgó el aire un lamento deplorable. Me asomé con cautela a través de un pequeño rayón en el vidrio polarizado, pero las sombras de la plaza estaban desiertas. Intenté conciliar el sueño de nuevo, pero cerca de las dos de la mañana el llanto aterrador volvió a escucharse, esta vez mucho más cerca. Una extraña audacia, mezclada con la tensión, me impulsó a abrir la portezuela para averiguar qué sucedía, pero la neblina de la plaza no reveló nada. Me volví a recostar en el asiento, tratando de calmar los latidos de mi corazón. Me resultaba increíble que Manolo, vencido por el cansancio extremo, ni siquiera se hubiera inmutado. Fue entonces cuando un escalofrío helado, de esos que jamás se olvidan, me recorrió la espina dorsal. Era la certeza física de que algo siniestro se aproximaba. El lamento penoso resonó a escasos metros del vehículo. Al asomarme de nuevo, el horror me congeló la sangre: un grupo de siluetas emergió de la oscuridad portando antorchas encendidas. Vestían túnicas de un color rojo herrumbre y capuchas oscuras; llevaban los rostros cubiertos por un espeso maquillaje blanco que les daba un aspecto cadavérico. En el centro del séquito, cargaban a una joven de apenas diecisiete años, crucificada en un madero grueso y con evidentes huellas de haber sido ultrajada con vileza.
Incapaz de reaccionar, me quedé petrificada contemplando el centro de la plaza, donde se erguía una estatua en honor a Pan, el hijo de Hermes. Vi a varios de esos hombres descubrirse las cabezas; sus rostros, marcados por una expresión tétrica y deprimente, se clavaron en mi memoria para siempre. Tres de ellos comenzaron a encender velas rojas alrededor del monumento, dando inicio a lo que supuse sería un rito atroz con el cuerpo de la muchacha. Con una risa despiadada que resonó en el silencio de la noche, aquellos hombres siniestros abrieron el pecho de la joven. Le arrancaron el corazón y con él bañaron la estatua caprina, mofándose mientras se embadurnaban el rostro con la sangre restante. El frenesí se apoderó del grupo; parecían extasiados, excitados, lamiéndose la sangre unos a otros en medio del trance. Presa del pánico, intenté despertar a mi esposo a tientas, pero en mi desesperación golpeé el claxon por error. El estruendo rompió la noche. Manolo no reaccionó, pero los ojos de los ocultistas se clavaron de inmediato en nuestro coche. Al verlos avanzar hacia mí, giré la llave con desesperación, pero el motor no daba marcha. Tenía que huir si no quería terminar sacrificada en aquel madero.
Con un sobresalto violento, desperté empapada en sudor. Miré a mi alrededor y respiré aliviada al comprender que todo había sido una espantosa pesadilla. Traté de despabilarme y calmar la agitación de mi pecho. Al enfocar la vista, noté que no estaba en el coche: me encontraba en una habitación blanca, flanqueada por un hombre mayor, una mujer anciana y un hombre joven que yacía sentado a mi lado. Según me explicaron entre sollozos, había permanecido en coma durante tres semanas. El motivo de mi hospitalización había sido una severa contusión en la cabeza tras rodar por las escaleras de una clínica; irónicamente, el accidente ocurrió justo al salir de mi consulta con el psiquiatra, quien me había diagnosticado el Síndrome de Capgras.
Tras unos instantes de silencio, el hombre joven exclamó con lágrimas en los ojos:
—Gracias a Dios has despertado, cariño. Has pasado demasiados días en esa cama.
—¿Quién eres tú? —cuestioné, sintiendo que el pánico regresaba.
—¿No me recuerdas? Soy tu esposo.
—Eres un impostor —aseguré, retrocediendo contra la cabecera—. Seguramente has venido a matarme.
—¿Qué te sucede, querida? —intervino la mujer anciana, dando un paso al frente.
—¡Largo de aquí! ¡Todos ustedes son impostores y quieren asesinarme! —grité fuera de mí.
De inmediato, dos enfermeros entraron a toda prisa en la habitación y me administraron un sedante. La confusión era absoluta; en mi mente solo persistía el recuerdo de la cita psiquiátrica y la posterior caída en los escalones.
Días después, volví a despertar, esta vez recluida en un hospital psiquiátrico. Una mañana, un enfermero entró con mi dosis de medicamento. Al mirarlo fijamente, juré que aquel sujeto era un impostor disfrazado de mi propio padre. Me abalancé sobre él con ferocidad; dos celadores más irrumpieron en la celda para someterme. Convencida de que planeaban atacarme, intenté correr, pero fue en vano: me inmovilizaron con una camisa de fuerza. Los delirios continuaron de forma implacable durante semanas. Hasta que una mañana, mientras tomaba un poco de sol en el jardín de aquel sitio, el mismo hombre joven del hospital se aproximó y se sentó a mi lado. Un escalofrío me erizó la piel. Él intentó modular la voz para tranquilizarme:
—Tranquila, no te voy a hacer daño. Solo quiero ayudarte —exclamó con dulzura.
—Eres el impostor del hospital —repliqué, conteniendo los nervios.
—No soy ningún impostor, soy tu esposo. ¿De verdad no lo recuerdas, cariño? Llevamos tres años de matrimonio.
—No… Eres un impostor y viniste a matarme —sentencié.
—Por favor, tranquilízate. Jamás te lastimaría.
—¡Vete! ¡Vete de aquí! —bramé furiosa.
En ese instante, la paranoia nubló por completo mi juicio, quizás porque el efecto de los fármacos comenzaba a diluirse. Sentí un deseo irresistible y salvaje de terminar con su vida. Ante mis ojos, sus rasgos se deformaron hasta parecer un hombre con cabeza de serpiente. Lo tomé con fuerza por el cuello y lo asfixié, apretando el agarre sin el más mínimo rastro de culpa. Cuatro enfermeros corrieron hacia nosotros y, de un golpe férreo, me clavaron una odiosa jeringa en la pierna derecha. El mundo volvió a apagarse.
Los años pasaron y, gracias a un estricto régimen de medicamentos, logré ganar cierto control sobre mis impulsos. Sin embargo, una mañana recibí la visita de la mujer anciana a la que había visto al despertar del coma. Con voz rota, me relató lo que le había hecho a mi esposo años atrás. Al escucharla, mi cuerpo experimentó el mismo escalofrío del pasado. Una necesidad terrible de asesinar a esa impostora me nubló la vista; en mi delirio la confundí con una bruja, ignorando que, en realidad, era mi suegra. La tomé del cuello y la asfixié mientras gritaba desconsolada…
Entonces, con un movimiento brusco, caí de la cama y me golpeé contra el suelo. Una vez más, el juego perverso de mi inconsciente se hacía presente. Cada noche sufría el mismo ciclo: tres o cuatro pesadillas encadenadas, una detrás de otra, atrapándome en laberintos donde la realidad se desmoronaba. Pero es mejor dejar esos cuentos de lado; gracias a Dios ahora estoy bien. En su lugar, les voy a narrar una historia que una amiga del colegio me contó hace años, quizás a modo de ficción, no lo sé… Aquí vamos.
