©Copyright Margarita MedGut

No busques el llanto en mi cobijo; mejor, ven y presta oído a esta canción. La escribí con el mismo pesar que tú adivinas, con esa tinta espesa que mana de las heridas que no cierran. La vida es desalmada, un verdugo que no distingue rostros, y nadie pagaría, de buen grado, ese boleto que promete una estancia perpetua en el suplicio.
Son senderos lúgubres que nadie desea cartografiar. Pero te lo ruego: no llores. Escucha esta melodía y comprende, al fin, que mis ojos pueden leer los jirones de tu alma mutilada.
Los tiempos no siempre guardan una promesa de luz, pero tampoco son eternamente pérfidos. La fortuna, esa dama caprichosa, no ha girado aún a tu favor, pero ha echado raíces en tu dolor… y en el instante más súbito, aguarda un cambio extremado. Si el silencio te apetece más que mi canto, no escuches. Solo abrázame. Permite que compartamos este suplicio que te asfixia, este peso que te impide habitar la realidad, condenándote a vivir… en esta fábula sombría.

Deja un comentario