RELATOS Y CUENTOS

Sumérgete en una antología de ficciones teñidas de simbolismo. Aquí, el realismo mágico se entrelaza con la penumbra gótica para dar voz a historias que habitan en los márgenes de lo posible, explorando los rincones más profundos del alma humana.

©Margarita MedGut

La herencia de las sombras: El destino de Agustín

Agustín fue, alguna vez, la promesa de su pueblo; un joven cuya salud y alegría parecían inagotables bajo el sol de la provincia. Sin embargo, a los diecisiete años, el norte lo sedujo. Cruzó la frontera buscando horizontes de oro, pero en el trayecto no solo perdió el rastro de sus padres, sino que extravió su propia alma. Años más tarde, el hombre que regresó al pueblo era un espectro del joven que partió. Su mirada, antes clara, estaba ahora nublada por una bruma espesa y una sed que nada lograba saciar: el alcoholismo. Las tardes se volvieron un desfile de botellas vacías y palabras amargas. En sus delirios de embriaguez, Agustín lanzaba promesas que helaban la sangre: juraba que, en cuanto sus padres exhalaran el último suspiro, vendería cada cabeza de ganado y cada palmo de tierra. No le importaba el destino de la tía Remedios, la mujer de manos cansadas que, con una paciencia santa, cuidaba a los ancianos y soportaba las heridas de su sobrino. La tía Remedios, en su infinita piedad, intentó rescatarlo. Lo internó en centros de rehabilitación, buscó remedios para su cuerpo y oraciones para su espíritu, pero Agustín siempre regresaba al mismo fango. Una noche, bajo una luna indiferente, Agustín bebió hasta que el mundo dejó de girar. Se desplomó sobre su cama en un sueño profundo del que no habría retorno. Al alba, la tía Remedios intentó despertarlo, pero el cuerpo de Agustín ya no le pertenecía a la vida. El médico del pueblo llegó pronto, solo para confirmar lo que el destino ya había sellado: Agustín se había ahogado en su propio exceso, víctima de una posición fatal que su cuerpo, entumecido por el veneno, no pudo corregir. Los vecinos murmuraban en el sepelio sobre la justicia del cielo. Agustín quería heredar tierras, pero terminó heredando solo seis pies de tierra fría.

Moraleja: Nunca te sientas invulnerable bajo el escudo de la juventud. La muerte no entiende de jerarquías ni de planes a futuro; para ella, todos somos el mismo polvo y a veces, nos reclama justo cuando más seguros nos sentimos de poseer el mundo. Este recordatorio se vuelve aún más crucial en una era donde la vitalidad y el esplendor de la juventud nos hacen ilusamente creer que somos eternos, olvidando que la vida es frágil y efímera. Por ello, es fundamental valorar cada momento, ser conscientes de nuestras limitaciones y aprender a disfrutar de la belleza que nos rodea, porque la existencia, en su esencia más pura, es un regalo que puede desvanecerse en un abrir y cerrar de ojos.

JONAS

Hoy crucé la calle donde solía vivir Jonás y los recuerdos me asaltaron como sombras. Hay memorias que se graban a fuego, otras que se desvanecen y algunas que, simplemente, preferiría no haber convocado. Recordé su mirada, esa mezcla de dulzura y melancolía que siempre me desarmaba. Volví a aquella tarde del adiós: él vestía la chamarra de cuero que le regalé por su cumpleaños; yo, un vestido que mi madre había bordado con la esperanza de una celebración. En mi mente, el guion era perfecto: un anillo, quizás un ramo de margaritas y una promesa eterna. Le di un beso, pero él inclinó el rostro. Sus lágrimas eran hilos de cristal roto. —Está esperando un bebé —sollozó, y el aire se volvió pesado como el plomo. —¿Quién? —pregunté, aunque mi instinto ya conocía la respuesta. —Lisa. Y yo soy el responsable.

El mundo no se derrumbó con estrépito; se desmoronó en un silencio gélido. Corrí hasta la bodega de mi madre, entre el olor a tierra y fertilizantes. Allí, con una desesperación ciega, destapé el veneno para roedores y bebí el olvido de un solo trago. No sé cuánto tiempo pasó antes de que mis ojos se abrieran a una realidad distinta. Mi cuerpo flotaba, ingrávido y ajeno. Desde el techo de la estancia, vi a mi familia rodeando un ataúd negro, cubierto por un manto de margaritas blancas. Jonás estaba allí, deshecho. Era yo. Había muerto por mi propia mano. Intenté gritar, tocar el hombro de mi madre, pero mis dedos atravesaban el aire como si fuera humo. La invisibilidad era un tormento. De pronto, una brisa helada comenzó a arrastrarme hacia un umbral de luz cegadora que prometía el final de todo. Grité con la fuerza de quien no quiere partir y, de golpe, el suelo me recibió con un impacto seco. Estaba en mi habitación, temblando, con el corazón galopando contra las costillas. Solo había sido un juego cruel de mi inconsciente, una pesadilla tejida por el estrés. Mi madre entró asustada y me estrechó entre sus brazos, tratando de calmar mis nervios. —Tranquila —susurró—, solo son los nervios de la novia. Mañana es tu boda con Jonás.