La vigilia de Adremelech

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Llegué a mi nuevo refugio bajo el manto de una medianoche húmeda. Recién separada, con el orgullo herido y el alma en pausa, me instalé en aquel departamento que olía a encierro y a historias interrumpidas. Mi vida como redactora me mantenía siempre alerta, buscando entre líneas nuevas oportunidades, pero nada tiene que ver esta historia con la resiliencia tras un divorcio; esto trata sobre una presencia que no figuraba en el contrato de arrendamiento. Lo vi la primera noche. Desde la ventana del área de servicio, que colindaba con un muro viejo y mohoso del baño, divisé una silueta grisácea sobre el tejado vecino. El gato no maullaba, no buscaba alimento; simplemente permanecía estático, con la mirada clavada en la pared exterior de mi vivienda. Sus ojos, dos rendijas de azufre, eran siniestros y fijos, como si estuviera contando los poros del cemento podrido.

Pasaron las semanas. Mi rutina nocturna terminaba siempre igual: preparaba un café amargo para drenar el estrés laboral y salía a mirar el cielo. Y allí estaba él. Adremelech —como decidí llamarlo después— no parpadeaba. Su obsesión por esa pared específica empezó a erosionar mis nervios. ¿Qué veía un animal en una superficie manchada de salitre y humedad? Para mí no tenía sentido, pero para él, aquel muro era el centro de un universo invisible. A los tres meses, dejamos de ser extraños para convertirnos en cómplices del silencio. Él aceptaba mi presencia sin inmutarse, como una gárgola de pelaje cenizo que custodiaba un secreto inconfesable. Yo era una escritora mal pagada en un sitio que apenas podía costear, y él era un ermitaño de azotea; ambos compartíamos la soledad y la mirada perdida en lo prohibido. —¿Qué hay ahí, Adremelech? —le preguntaba a veces. El gato solo tensaba los músculos, como si el muro fuera a hablar en cualquier momento. El destino intervino dos meses después. El arrendador, un hombre de ademanes nerviosos y sonrisa ensayada, me pidió desalojar bajo el pretexto de una remodelación total. Me devolvió el depósito con una premura que me pareció extraña, pero no cuestioné mi suerte. Encontré un lugar mejor, más luminoso, y para mi sorpresa, el gato gris me siguió. Se mudó conmigo, abandonando su puesto de guardia por primera vez en años.
La paz en mi nuevo hogar duró poco. Una mañana, mientras revisaba la prensa local, un titular hizo que el café se helara en mi garganta:
«HORROR EN LA CALLE HUESOS CRUDOS: HALLAN RESTOS INFANTILES TRAS MURO DE BAÑO»
La noticia detallaba que, durante la demolición del departamento 103 —mi antiguo hogar—, los obreros habían derribado la pared del baño. En el interior del muro, ocultos en un hueco sellado con cal, yacían los huesos de tres niños desaparecidos hace un lustro. El dueño de la propiedad había sido capturado intentando cruzar la frontera. —¡Adremelech! —grité con el corazón en un puño, dejando caer el periódico. El gato saltó a mis piernas. Por primera vez en meses, no miraba al vacío. Me clavó sus garras con una caricia dolorosa, casi humana, como si soltara un peso que había cargado durante una eternidad. Sus ojos ya no eran siniestros; estaban cansados, vacíos de su misión. A la mañana siguiente, Adremelech amaneció frío sobre mis pies. Entendí entonces que su vida no había sido suya, sino una vigilia impuesta por la justicia de los muertos. Él no era un gato; era el testigo mudo de una aberración que solo pudo descansar cuando la verdad, finalmente, salió a la luz.

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