Copyright © Margarita MedGut

Esa tarde, la discusión con Aron fue el detonante. Decidí refugiarme en la casa de mi madre, a unos kilómetros de Peñasco. No quería volver; buscaba un empleo que me permitiera enterrar el pasado entre las minas de oro que atraían a miles de turistas al pueblo. El gobierno había convertido las viejas excavaciones en museos, y el aire gélido de la región me obligó a desempolvar mis abrigos. Tras contarle mis planes a mi madre, un primo me informó que una nueva tienda de regalos buscaba a alguien para hacerse cargo. Antes de ir a la entrevista, el magnetismo de la melancolía me arrastró hacia la vieja estación ferroviaria. Allí me recibió un hombre robusto, de barba de candado y una sonrisa que parecía tallada en piedra antigua. —¿Puedo ayudarla, señorita? —preguntó con una amabilidad inquietante. —Solo camino por aquí. Solía jugar en estas vías cuando era niña. —Lo sé —respondió él—. Por años la observé desde aquí. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cómo podía conocerme? Antes de que pudiera protestar, me lanzó una invitación absurda: —¿Le gustaría subir a un tren esta noche? Estamos probando un nuevo proyecto para bodas a bordo. No está cerrado, solo es… propiedad privada. Acepté sin cuestionar, seducida por la curiosidad. En ese momento, una locomotora negra con apenas tres vagones se materializó entre la niebla. El humo que escupía era de un rojo denso, como sangre evaporada. Al subir, el lujo me dejó sin aliento: en el salón de baile, del techo colgaban maceteros invertidos con flores hidropónicas que desafiaban la gravedad, adornando el espacio como jardines colgantes de un sueño febril. Candelabros rojos bañaban la estancia en una luz escarlata. De pronto, un grupo de mujeres de entre treinta y cuarenta años comenzó a llenar el vagón. Sus rostros reflejaban una urgencia silenciosa. —Vienen en busca de esposo —susurró el hombre—. En este mundo sobran damas y escasean caballeros; aquí lo que cuenta es el bolsillo. —¿Vienen a comprar un marido? —pregunté horrorizada. —Yo no diría tanto. Digamos que es una transacción de voluntades —respondió con cinismo. El tren partió con un silbato que sonó como un lamento. Cuatro hombres subieron en la siguiente parada. Las mujeres bebieron de copas en forma de flor un líquido púrpura que parecía brillar con luz propia. Entre risas alcohólicas y vapores rojos, los caballeros subieron a las mesas, exhibiéndose como trofeos mientras ellas elegían su destino. Pasaron las horas en ese frenesí de copas y promesas compradas. Al regresar a la estación, las mujeres descendieron tambaleantes; solo cuatro llevaban a un hombre del brazo, con miradas vacías. El hombre de la barba me despidió con una inclinación de cabeza: «Vuelva cuando quiera». Al día siguiente, regresé ansiosa por descifrar el enigma. Pero la sorpresa me heló la sangre: la estación estaba sumida en el abandono absoluto, devorada por el óxido y la maleza. No había rastro de la tienda, del hombre ni del tren negro. Corrí a casa y cuestioné a mi madre. Ella, con una mirada de lástima, me respondió: —Hija, esa estación lleva más de diez años en ruinas. Nunca volvió a pasar un tren por ahí. Desperté de golpe, cayendo de la cama. El sudor frío empapaba mi frente. Otra pesadilla, otro juego de mi inconsciente… pero al levantarme, el aroma a humo rojo y flores hidropónicas aún flotaba, sutilmente, en los rincones de mi habitación.
