El cirujano

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Llevaba un año librando una batalla perdida contra mi propio cuerpo. Mi ritmo de vida, un torbellino de horas muertas y estrés, me había negado el tiempo para mí mismo. Por recomendación de un viejo colega, terminé buscando el gabinete de un cirujano que prometía milagros de acero quirúrgico. El consultorio, ubicado en una esquina olvidada entre las calles Juárez y México, me recibió con una modestia que me pareció insultante. «Demasiado humilde para ser eminente», pensé con el veneno del prejuicio goteando en mis juicios. La recepcionista, una mujer de gestos mecánicos, me advirtió que la agenda estaba saturada. Esperé horas en una sala que olía a antiséptico y a tiempo perdido. Eran casi las trece horas cuando fui conducido al santuario del doctor Jiménez. Sin preámbulos, arrojé mi deseo sobre su escritorio. —Doctor, busco una intervención. Un amigo me habló de su destreza con el bisturí. Necesito una ayuda extra; mi voluntad no basta para moldear esta carne. —Soy el doctor Jiménez —se presentó con una cortesía gélida—. Puedo realizar la liposucción que solicita, pero mi agenda es un camposanto de horas ocupadas. Sería hasta la próxima semana. —Entiendo. Pero hablemos de lo que realmente importa: sus honorarios —inquirí, esperando una cifra que validara su prestigio. —Primero debo advertirle sobre los riesgos, sobre la danza de la sangre y la anestesia. Mis honorarios son de veinte mil pesos —sentenció el hombre, con una seguridad que me resultó sospechosa. Sentí una oleada de desprecio. —Me parece que exagera, doctor. El costo es ridículamente bajo. Busco excelencia, no caridad. Usted es un charlatán; sus precios son un insulto a la seguridad que pretendo comprar. No garantiza nada —escupí, sintiéndome estafado por la baratura. —Es usted libre de buscar su destino en otro quirófano. Salga, hay pacientes que valoran mi tiempo más que su propio ego —respondió Jiménez, con una molestia soberana. Salí de allí con el pulso acelerado. Decidí que mi cuerpo merecía «primer mundo». Contacté a una clínica en Houston, un templo de cristal y acero donde el prestigio se medía en billetes verdes. Semanas después, tras un vuelo cargado de expectativas, me encontraba frente a la puerta del mejor cirujano de Texas. Al entrar, el aire se detuvo en mis pulmones. —¿Usted? ¿Qué hace aquí? —balbuceé, viendo el rostro familiar tras el escritorio de mármol. —Soy el doctor Jiménez —dijo, con la misma sonrisa impasible—. Llevo años siendo la mano derecha de esta clínica. Soy el mejor que tienen. La misma intervención que despreció en México, aquí la realizo por el módico precio de veinte mil dólares. —¡Es absurdo! —¿Por qué allá eran pesos y aquí es una fortuna? —pregunté, sintiendo cómo mi mundo de certezas se desmoronaba. —Por el simple hecho de que en México, mi patria, recibe pesos, y aquí, mi talento cobra en dólares. La geografía cambia la moneda, pero la mano que sostiene el bisturí es la misma —concluyó el doctor. Me quedé en silencio, comprendiendo que mi vanidad me había costado una fortuna, y que el precio de mi desprecio era, ahora, mi propia ruina.

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