Crónica de un paisaje funesto

©Copyright Margarita MedGut


El país ya no era una nación, sino un inmenso osario. Los cárteles habían extendido su arquitectura de sangre hasta el último rincón, y las calzadas, antes rutas de comercio, eran ahora venas obstruidas por cuerpos inocentes y culpables que se fundían en una misma putrefacción. Sobre nosotros, el cielo era un lienzo de alas negras; las aves carroñeras, únicas herederas de este reino, celebraban un festín eterno sobre el asfalto. Mi padre y yo avanzábamos en un carruaje de hierro oxidado, un coche abandonado que parecía un ataúd con ruedas. Éramos fauna huyendo de la cacería, refugiándonos en las madrigueras del silencio para no ser devorados por la noche terrorífica que aún resonaba en mis sienes. Él hablaba de un mito: una ciudad llamada El Bastión de la Peste en el sureste del país, una fortaleza impenetrable, un edén de acero donde la violencia no podría filtrarse. Yo lo escuchaba como quien oye un salmo maldito antiguo; no sabía si era fe o locura, pero en un mundo en ruinas, la esperanza era la droga más potente. Mi padre, un espectro de las viejas fuerzas armadas, era de los pocos hombres que no habían permitido que el cáncer del dinero corrompiera su uniforme. Había visto a sus colegas ser engatusados por la paga seductora de los señores de la guerra oscura, convirtiéndose en los verdugos de su propio pueblo. Él juró que moriría en paz solo si lograba depositarme tras esos muros de metal, en un porvenir sin el aroma de la pólvora. Atravesamos La Postrimería, una ciudad que exhalaba un vaho de muerte. Al llegar a la vieja estación de la ciudad, El Páramo de los Olvidados, el pasado nos alcanzó en forma de un comando armado. El motor rugió como una bestia herida. —¡La granada! —gritó mi padre, mientras sus manos se aferraban al manubrio enmohecido. Tiré de la anilla. El temporizador siseó como una serpiente. La arrojé al abismo y el estallido fue un relámpago que nos permitió huir hacia la ciudad de Puerta de Salitre. Pero el combustible, esa sangre negra del viejo mundo, se agotaba. Entramos a la ciudad de El Quemadero de las Almas a las diez de la mañana, pero el sol no calentaba. Un escalofrío necrótico recorrió mi espina dorsal; las calles eran túneles de sombras donde hombres encapuchados apilaban cadáveres en fosas listas para la hoguera. El aire sabía a ceniza humana. En los túneles subterráneos, un grupo de sombras vendía la gasolina de los ductos, cobrando el peaje con la falsa promesa de seguridad. Mi padre, usando un documento falso —un talismán de mentiras—, nos hizo pasar por mercenarios de los cárteles. Para esos hombres, la lealtad era una moneda de cambio que siempre terminaba en traición. Mientras avanzábamos, las imágenes de mi madre y mi hermana, sacrificadas en la matanza masiva, ardían detrás de mis párpados. Mi padre me confesó el último secreto: El bastión de la peste no era para todos. Solo los espectros de la vieja economía tenían entrada, pero él tenía un contacto, un guardián de las puertas que, por una suma tentadora, nos permitiría infiltrarnos.
Finalmente, llegamos a la ciudad de El cenotafio de cristal. Allí se alzaba la ironía más sangrienta de este nuevo orden: El bastión de la peste era el refugio de las familias de los mismos líderes que habían incendiado el país. Un paraíso blindado construido con los huesos de los desaparecidos. A las seis de la mañana, cuando la niebla aún ocultaba los pecados del mundo, el contacto abrió un túnel secreto, una herida en la muralla por donde entraban los víveres. Nos deslizamos como sombras entre los remolques. Al cruzar, el asombro nos golpeó. Era un espejismo de jardines exuberantes, manantiales de agua cristalina y árboles que parecían ignorar que afuera el mundo era una pira funeraria. Todo era comodidad y silencio sepulcral. Mi padre suspiró, creyendo que habíamos llegado a la salvación. Pero no sabía que yo traía conmigo el incendio. Miré las mansiones de los verdugos, donde sus esposas e hijos vivían sin remordimiento. Para mí, no eran refugiados, sino herederos de la sangre. Mi padre buscaba un refugio; yo buscaba un altar de sacrificio. En esa miserable ciudad del Bastión de la Peste, yo sería la peste que derribaría sus muros desde adentro. La venganza, como el gótico mismo, es una sombra que nunca se disipa.