Costal de huesos

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Llegué a la Ciudad de México cerca de las nueve de la mañana. La Central del Norte me recibió con su estruendo característico y ese aire denso que parece pesar sobre los hombros. Llevaba conmigo mi vida entera dividida en tres partes: seis mudas de ropa, mi bolsa con lo indispensable y una maleta pesadísima que resguardaba diez libros. Me habían ofrecido un puesto como editora en una editorial de nombre inquietante: Costal De Huesos, y allí estaba yo, con la ilusión intacta y los brazos agotados. En el metro, un hombre con un traje de pana azul se me acercó. Su amabilidad parecía genuina al ofrecerme cargar la maleta de los libros a cambio de una propina. Asentí, entregándole el peso de mi pasado, pero en un parpadeo, el hombre se fundió con la multitud en una carrera frenética. Me habían robado en menos de cinco minutos. Aunque me sentí vulnerable, no le di mayor importancia; aquellos libros eran ediciones de cortesía, firmas de autores que no me interesaban y ejemplares que planeaba donar a la primera biblioteca que encontrara. Sin embargo, un guardia me interceptó y me escoltó hacia una oficina para levantar un reporte. El pasillo era largo y lúgubre, iluminado por candelabros de un diseño bizarro que proyectaban sombras alargadas. Al entrar, me encontré con una galería de fotografías perturbadora: imágenes de maletas perdidas y objetos olvidados, retratados como si fueran reliquias sagradas. Me ofrecieron un café de olla que acepté con incertidumbre. —Señorita, ¿qué contenía la maleta? —preguntó el guardia con una seriedad que rozaba lo irónico. —Solo libros. Regalos, ediciones sin valor personal. No me interesa recuperarlos, tengo prisa, debo firmar mi contrato a mediodía —respondí, tratando de acortar la estúpida entrevista. —Es extraño —insistió el guardia, intercambiando una mirada cómplice con otro hombre—. Ese sujeto suele robar joyas o dinero. ¿Por qué llevarse papel viejo? Salí de allí molesta, dejando mis datos solo por compromiso. Logré llegar a tiempo a la editorial, firmé mi contrato y me sumergí en mi nueva vida de editora. El robo de la maleta se convirtió en una anécdota lejana; hasta tres meses después. Tuve que regresar a la Central para visitar a mi madre, que estaba enferma. Mientras esperaba mi autobús, sentí una mano firme sobre mi hombro. Me volví asustada y la sangre se me heló: era él. El hombre del traje, aunque ahora lucía un color rojo intenso, como la sangre fresca. —¡Usted! ¡Sinvergüenza! —le grité con todo el desprecio que pude reunir—. ¿Cómo se atreve a tocarme después de robarme? Tenga dignidad, esos libros no valían nada, pero usted sigue siendo un ladrón. El hombre soltó una carcajada que no tenía nada de arrepentimiento. —No se altere, señorita. No vengo a robarle, vengo a darle las gracias. —¿Gracias? —respondí con molestia marcada—. ¿Ahora los criminales dan las gracias por sus fechorías? Váyase al carajo. —Escúcheme —dijo él, con una seguridad que me erizó la piel—. Gracias a su maleta, soy el ladrón más hábil de esta central. Los guardias que usted vio ese día llevan meses queriendo atraparme y jamás lo lograrán. Me he vuelto invisible, superior. Y se lo debo a sus libros. Me quedé muda, pensando que estaba frente a un loco. Él continuó: —Cuando abrí la maleta, quise tirarlos. Pero encontré un ejemplar titulado: “Cómo obtener favores de dinero del señor Satán”. Intenté quemarlo, lo tiré a la basura, pero el libro siempre volvía a mi mesa. Dos semanas después, encontré otro bajo el montón: “Diez consejos para ser el mejor ladrón”. Los leí hasta que las palabras se grabaron en mi sangre. Se acercó a mi oído, dejando escapar un aliento frío. —Ahora soy el mejor creyente del Señor Oscuro, y él me ha premiado con una habilidad que ningún mortal posee. Su maleta fue el portal a mi verdadera vida. No se la devolveré, hay otros títulos allí que aún debo estudiar… Que tenga una buena vida, señorita editora. Se dio la vuelta y se perdió entre la gente. Me quedé allí, temblando en medio de la terminal, comprendiendo por fin por qué la editorial se llamaba Costal de Huesos y por qué, en este mundo, nada se pierde por casualidad.

Te invito a leer el relato de Baital.