
Una niebla espesa y sofocante había devorado el bosque. Yo corría desesperada, con el pecho ardiendo, suplicando al cielo no tropezar con los viejos troncos cubiertos de liquen que parecían garras emergiendo de la tierra. Mi mundo se disipaba con cada exhalación; un escalofrío me estremeció la columna justo antes de perder el equilibrio. Me deslicé por un cantil, cayendo al vacío. Lo último que recuerdo es una silueta negra que arrastraba mi cuerpo inerte, con la facilidad con la que se manipula a una muñeca de trapo. Desperté en una penumbra desconocida. Frente a mí, un hombre de presencia imponente me observaba. Tenía una musculatura tensa, garras afiladas en lugar de uñas y una melena negra que le caía sobre los hombros, enmarcando una mirada tan honda que parecía no tener fondo. —¿Quién eres? —logré cuestionar con la voz quebrada. —Primero desenmaraña una duda —interrogó él, ignorando mi miedo—. ¿Qué buscabas en la profundidad de este bosque? —Flores… hierbas para mi madre —mentí, o quise creerlo. —Te has alejado demasiado. Un leopardo hambriento estuvo a punto de reclamar tu vida. —No fue un animal. Te vi a ti… tú me seguías —repliqué con una cólera nacida del pánico. —Estabas confundida —sentenció con una calma glacial—. No sabes lo que sucedió en realidad. La confusión me atenazaba. ¿Qué hacía él en este paraje olvidado? Cuando le pregunté si vivía allí, su respuesta fue un eco de soledad: «Vengo cuando necesito huir de la presencia humana». Me confesó que su nombre era Baital, y cuando pronuncié el mío, Aura, él asintió con una familiaridad que me heló la sangre. —Lo sé —dijo con un tono de voz que mudó hacia algo más oscuro, recorriendo mi cuerpo con los ojos como si leyera mis secretos más ocultos—. Descansa. Debes estar lista para lo que vendrá esta noche. —¿Lista para qué? Antes de obtener respuesta, Baital exhaló de sus labios un humo rojizo que envolvió mi rostro. El mundo se apagó al instante. Cuando la consciencia regresó, la pesadilla había tomado forma física. Estaba atada de pies y manos a una cama de madera tosca, rodeada por un círculo de velas rojas que goteaban como sangre. A mi alrededor, figuras silenciosas portaban antifaces de conejo negro, una imagen perturbadora que me asfixiaba. —¿Baital? —exclamé, buscándolo entre las sombras. Entonces, una nueva silueta emergió. El círculo de conejos se abrió con reverencia. Sentí el frío del acero antes de ver el brillo de la hoja; varias puñaladas rasgaron mi estómago, arrebatándome el aliento y la vida. Justo cuando el vacío me reclamaba, desperté sobresaltada, con el sudor frío empapando las sábanas. El silencio de mi habitación era absoluto. Me toqué el vientre, buscando heridas que no existían, pero que dolían en el recuerdo. Era la misma pesadilla que me asediaba noche tras noche, el eco recurrente de una mente fracturada desde que el psiquiatra pronunciara aquella sentencia definitiva: esquizofrenia.
