Autopsia

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Cuatro actos


Acto I: El callejón de las sombras

El cielo de noviembre se desplomaba sobre la avenida Vasconcelos como un sudario plomizo. Amarilis caminaba con el pulso acelerado, una premonición amarga golpeándole el pecho. Al internarse en el Callejón del Beso, el aire se volvió denso, cargado de un olor a humedad y olvido. Al fondo, entre las paredes desconchadas que parecían estrecharse para asfixiarla, la escena la petrificó: Hiedra, su propia sangre, se fundía en un abrazo carnal con Mórdred. El beso no era un acto de amor, sino un sacrilegio que Amarilis reconoció al instante. El frío de la piedra se le filtró en los huesos. Retrocedió sigilosa, huyendo por la calle Abasolo mientras sus lágrimas quemaban como ácido. Al llegar a la escuela, abrazó a Borja con una desesperación necrótica. El niño, al sentir el temblor de su madre, preguntó que pasaba; ella solo pudo decir una mentira piadosa, una máscara de cristal que ya empezaba a pulverizarse.


Acto II: El peso de la sangre

Los días siguientes fueron un descenso al abismo. Amarilis habitaba la casa como un espectro, observando a Hiedra con una mezcla de náusea y piedad. Durante 15 años la había criado bajo el peso de una promesa hecha sobre las vías del tren, allí donde su hermana perdió la vida en un choque de hierro y gritos. Hiedra, manipulaba la vida en tubos de ensayo mientras envenenaba el hogar que la acogió. Amarilis, siempre obsecuente y diligente, sentía ahora que el equilibrio de su «familia unida» era solo una arquitectura de humo sostenida por la traición de su sobrina y la vileza de Mórdred.


Acto III: El ritual del carmesí


La tarde se tiñó de un ocre sepulcral. Bajo el viejo almendro del jardín, Mórdred dormitaba en la hamaca, mecido por un viento que susurraba secretos sucios. Amarilis, tras poner a salvo a Borja en el refugio materno, regresó con un envoltorio, del color de la herida abierta. Entró en la casona, giró el cerrojo con la solemnidad de quien clausura una tumba y se dirigió a la habitación de la joven. —¿Sucede algo, tía? —inquirió Hiedra, su voz destilando una falsía cristalina. —Sucede que el árbol que planté con devoción ha crecido sesgado —respondió Amarilis, su voz era un hilo de seda negra—. Te abrí las puertas de mi alma y has sembrado sal en ellas. —Así que el cobarde finalmente te confesó nuestra pasión —escupió Hiedra con una ironía ponzoñosa. —No necesitaba palabras. Los vi en el callejón, devorándose entre las sombras. Hiedra se puso en pie, altiva, con la soberbia de la juventud que se cree inmortal. —Él no te quiere, Amarilis. Eres una mujer marchita, sin aspiraciones. Mírame: soy el porvenir, la carne nueva. Es obvio que él elegirá la vida a tu lado antes que tu lenta agonía. El aire se extinguió. Amarilis extrajo del bolso un puñal de cocina que brilló con un fulgor gélido. Sin mediar palabra, el acero buscó el corazón traidor de Hiedra una y otra vez, hasta que la habitación quedó sumergida en un silencio absoluto. Minutos después, bajo el chorro de agua fría, Amarilis lavó la culpa de su piel. Se enfundó un vestido rojo, se maquilló los labios con una precisión mórbida y contempló el cuerpo inerte de su sobrina. En su rostro no había arrepentimiento, sino la paz de quien ha podado la rama podrida.


Acto IV: La herencia del polvo


La justicia de los hombres le dictó sesenta años de sombra. Pero la verdadera condena fue la que cayó sobre Borja. 13 años después, el niño del abrazo desesperado es ahora una ruina humana: un náufrago del alcohol y la promiscuidad, cargando en sus venas la herencia maldita de aquella tarde de noviembre. Mientras tanto, en la vieja casona, Mórdred pasea bajo el mismo almendro con su nueva esposa. Irónicamente, habitan las mismas alcobas donde la sangre de Hiedra aún parece latir bajo las tablas del suelo, en una casa que se niega a olvidar que el amor, a veces, es solo el preludio de la autopsia.

Fin…

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