
©Copyright Margarita MedGut
Pagaría un milenio de karma por tu sombra. Retribuiría en las tinieblas cada agonía acumulada, con tal de rozar apenas tus labios, oh ángel abrasador, criatura caída de un firmamento que ya no reconozco, tú, que has condenado a mi corazón a gemir bajo tu peso.
Has volcado tu mirada sobre el abismo de la mía, con esa vehemencia lóbrega que solo los predestinados conocen; por eso, cada noche te cavilo como un hechizo punzante, una marca de hierro incandescente directa en mi centro. Tu semblante finge una afabilidad de mármol, pero tus labios son tórridos, brasas en el frío.
Tus cabellos, hilos de plata que surcan tu anatomía como espectros, mientras tu corazón late con el pulso de un demonio embalsamado en un encanto desenfrenado y cruel. Timas al mundo con tu máscara de divinidad, mientras yo me desangro en esta dulce agonía.
No hay marchas; arrebátame, llévame contigo, que la vida es un suspiro escaso y estoy dispuesta a pagar el precio inasequible de tu presencia. Tórrido hombre, ven y danza conmigo en mi propia lobreguez. Cíñeme con la fuerza de los siglos y sana, con tu fuego, las heridas de este corazón que solo tú sabes romper.


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