Anatomía de un caballero

©Copyright Margarita MedGut


Ayer, sin tregua, brotó un poema para ti. No fue un acto de fe, sino un espasmo: letras paridas por estos dedos esclavos que traducen, a ciegas, el lenguaje de mi alma.
Creí que la distancia sería un invierno soportable, un exilio breve bajo un cielo de tregua. Pero al desgranarse los instantes, los minutos se volvieron clavos, y las horas, una sentencia de hierro sobre el pecho.
Es un dolor antiguo, necrótico, de esos en que el espíritu mendiga la sombra del otro. Esa urgencia de anclarse a tu costado, de habitar tu abrazo y no desasirse jamás, como si el tiempo fuera un verdugo que nos pisa los talones.
Me pregunto entonces, con la sospecha del que analiza el abismo: ¿Es el amor un traidor que nos vende al mejor postor? ¿O es solo la costumbre, esa hiedra fijada en los huesos? El ser humano no sabe despedirse con limpieza; somos arquitectos de vacíos, siempre necesitamos llenar el hueco con otra herida.
¿Qué seremos nosotros si el amor se extingue? Dicen que es el único puente sobre la pesadumbre, la tabla de náufrago que nos enseñaron a venerar. Pero es verdad: cuando se camina en soledad por este páramo, el mundo se vuelve un espejo ciego, un lugar de paso, lóbrego, vago… y terriblemente eterno.


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