Verso roto

Debí haberlo sabido: el amor nació para ser mi enemigo eterno. Aquella noche la verdad se reveló sin velos: no sentías más que grima por mí, una repulsión que termina por devorar todo lo que carece de fe. Fui ingenua al entregar mis cartas blancas y expuestas a tus manos tibias, expertas en el artificio y la traición. Hace siglos que no busco tu rostro, ese espejo de melancolía que solía reflejar el mío. Hoy sé que tus palabras son una arquitectura del engaño, una maquinaria diseñada con la precisión de un verdugo para cada víctima, un juego desigual, un tablero sucio donde aposté lo único que poseía: un corazón necio que terminó por desangrarse en tu nombre. No tenía más que ofrecerte, salvo este intenso y lúcido dolor. Aún conservo aquel jazmín que me regalaste, una reliquia seca que guardo para no permitirme el lujo del olvido. Recuerdo la tarde en que te entregué mi propia alma en un poema, y cómo aseguraste, con la frialdad de quien no tiene espíritu, que la poesía era un tedio sin sentido. Rompiste la hoja sin piedad, esparciendo mis versos como ceniza al viento. Pero el poema no murió en tus manos. Lo conservo tatuado en el reverso de mis párpados, y cada vez que lo recito en silencio, tu imagen regresa para traerme este dulce tormento, este veneno necesario. Al fin he comprendido que la poesía no es para los ciegos del alma, sino para aquellos que tienen el valor de mirar de frente el abismo de su propio corazón.

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