Perplejidad

Escuchar una melodía sin versos es alcanzar lo sublime; es el ensayo para ese vuelo eterno que ansío desde siempre, ese desprendimiento total de todo lo que me encadena a lo conocido. A veces me pierdo en la sospecha de que quienes habitan la fractura de la psique no son náufragos de la enfermedad, sino colonos de sus propios mundos. ¿Quién posee la autoridad para dictar que nuestra realidad es la única verdad? Nadie. La mente solo proyecta el escenario que sus límites le permiten conocer. Es perturbador observar los vestigios de la esquizofrenia y descubrir que ellos simplemente escuchan el instinto de su propia voz interior. ¿Quién se atreve a llamarlo error? Todos. Y lo hacen porque la mayoría vive bajo el yugo de ese «Yo superior» que impone su orden.

Incluso en la psique existe un orden demoníaco, una arquitectura inventada por el hombre; un sistema disfrazado de realidad que nos segmenta en pasado, presente y futuro. Vivimos de rodillas ante el ayer, implorando su regreso, o angustiados por un mañana que aún no nace, olvidando el presente como quien ignora un tesoro que se le escapa entre los dedos. Me pregunto qué sería de nuestra especie si estos muros del tiempo colapsaran. Quizás reinaría el caos, ese vacío absoluto que tanto nos aterra. Pero, al final, ¿no es el caos lo único que realmente nos pertenece en esta época de sombras?

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