Me sabe a hiel la derrota, me sabe amarga la locura, y esta desesperanza es un fardo que no logro dejar a la orilla del camino.
Ante mí, el horizonte se extiende, lineal y eterno como un desierto de ceniza. Lo recorro paso a paso, sin una señal, sin el indicio de que este mapa tenga un final. Es la sed de quien busca un oasis que, quizás, solo habita en el espejismo.
No hay árboles en esta llanura, ni una sombra que me preste su descanso; solo la certeza de que debo seguir caminando.
Encuentro, al fin, una pequeña palmera, un alivio raquítico contra el incendio del sol. Estoy empapada de sudor, con la piel quemada, y en el delirio del cansancio sueño con rendirme. Sueño que puedo quedarme aquí, sentada para siempre, abrazando la inercia hasta que el tiempo me borre.
Pero sé que no hay tregua: o me entrego a la muerte por sed, o sigo desafiando este horizonte… un horizonte tan yermo y parejo como el corazón de tantos otros.


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