Me detuve ante un sendero apenas dibujado en la espesura del bosque. Era un camino virgen, desconocido, y por un instante el miedo me heló el paso. Sin embargo, la curiosidad era más fuerte que el temor y decidí avanzar. A medida que me internaba en la arboleda, el suelo comenzó a revelarme tesoros: piedras preciosas, algunas de formas extrañas y destellos poco comunes. Me incliné para tomar una de las más bellas, pero al cerrarla en mi puño descubrí su naturaleza: era filosa como un cristal. Sin percatarme, mi sangre comenzó a trazar hilos rojos sobre la roca, pero aun con el dolor punzante, decidí que su belleza valía el sacrificio y la llevé conmigo. Más adelante, el murmullo de un riachuelo me guio hasta una rosa azul. Su color era tan irreal que me deslumbró al instante. La corté con delicadeza y la prendí en mi cabello, soñando con su rastro eterno, pero apenas rozó mi piel, la flor se deshizo en un suspiro de pétalos marchitos. Mi percepción de lo perfecto se desmoronó con ella; la belleza que tanto anhelaba resultó ser una ilusión fugaz. Decepcionada, sigue caminando. Mis ojos se posaron en otra piedra, una que antes había ignorado por su aspecto tosco y extraño. No quería tocarla, pues ya estaba cansada de sorpresas y heridas, pero algo me impulsó a recogerla. En ese momento, sucedió lo increíble: la piedra comenzó a latir con una luz propia, intensa, señalando con un haz brillante el camino que debía seguir.
Fue entonces cuando comprendí la lección del bosque: a veces, aquello que rechazamos inconscientemente, o lo que nos asusta por su aspereza, es precisamente la luz que necesitamos para no perdernos en la oscuridad del mundo.


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