El Sendero de las Rosas Negras

Recorriendo los márgenes del mundo, tropecé con un paraje inusual: un sendero estrecho, tapizado de rosas negras. Eran de tamaños desiguales, pero compartían una misma voluntad: espinas afiladas como dagas que guardaban el paso. La confusión me nubló el juicio; sabía que llegar al final era mi único destino, pero el miedo me asaltó. ¿Qué será de mis pies? ¿Terminaré desangrada antes de ver la salida? No había tregua, así que inició el calvario. Recuerdo la primera espina que desgarró mi talón; fue como si una cubeta de agua hirviendo se vertiera sobre mi existencia, despertando cada nervio.

Comprendí entonces que debía protegerme, y envolví mis heridas con vendas improvisadas para ganar terreno. Los siguientes pasos fueron un tributo de dolor, pero ocurrió algo sublime: los pétalos de las rosas negras tuvieron piedad. Se desprendían para besar el suelo, encargándose de limpiar la sangre que mis pasos dejaban atrás, como si el jardín mismo aceptara mi sacrificio. Al cruzar el umbral final, recuperaré el aliento y miré a mi alrededor. Éramos pocos los que habitábamos esa orilla del camino. Entonces, volvió la vista hacia la derecha y vi la otra senda: un desfile interminable de millas de personas que transitaban con los ojos vendados, creyendo que caminaban sobre seda. Suspiré, di las gracias a la vida y, por fin, entendí mi fortuna: prefiero mis pies heridos y la mirada limpia que la comodidad de una marcha ciega hacia el vacío.


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