Infame tristeza, carente de piedad, ¿no ves cómo naufraga mi corazón? Nado en la ansiedad de quien no conoce la libertad, azotado por este silencio que me asfixia cada vez que intento respirar.
A veces, envidio la calma de los otros: esa existencia aburrida, sin el peso de tu sombra. El resto del mundo camina a través de percepciones; yo, en cambio, solo sé caminar sobre mis engaños.
Quiero correr hasta que el alma me crepite, mientras escucho el eco de tu voz, dulce y terrible. Soledad, suéltame, devuélveme mi autonomía… Te prometo que seguiré bailando, pero bajo mi propio compás, no al ritmo de tu fría realidad.
¡Oh, Dios mío! Qué tarde lo comprendo: no eres un castigo, eres la amante más asediada de este mundo. ¡Querida muerte!


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