El fantasma de Rita

A diario, Rita cruzaba el umbral del camposanto cargada de agapantos y mezcal. Esa mañana intenté detenerla, le preguntó el motivo de su ofrenda, pero me ignoró; solo siguió su camino, flotando entre las lápidas.

Sus ojos desprendían una alegría extraña mientras repartía las flores. Bebía un sorbo de mezcal y bailaba una melodía que solo ella escuchaba, un susurro suave pegado al oído de los muertos. Volví a llamarla, insistí, pero el silencio fue su única respuesta.

Me asaltaron las dudas bajo el sol de mediodía: ¿Por qué siempre a la misma hora? ¿Por qué vestía ese encaje largo, devorado por el tiempo y el polvo? ¿Por qué agapantos blancos y esa botella de fuego líquido?

Fue un anciano del pueblo quien, con la voz quebrada, me entregó la verdad: Rita no existe. O al menos, ya no pertenece a este mundo. Es la sombra que custodia las tumbas, la mujer que murió de amor y aguardiente sobre la piedra fría de su amado.

El asombro me heló la sangre y nunca más volvió a verla cruzar el camino. Por eso, esta mañana me dirigí al cementerio, busqué su nombre en la piedra y, en un acto de paz, dejé sobre su tumba una botella de mezcal y un ramo de agapantos blancos, para que su baile nunca tenga que detenerse.


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