La lluvia no caía del cielo, brotaba de mi estampa; me hallé en un páramo extraño, donde el amor se hizo ceniza. Un tornado de ausencias barrió los rostros que amaba, dejándome a merced de este exilio desconocido.
Te miré con el hielo de quien ya lo ha perdido todo, con el hambre de arrancarte el pecho y encontrar una respuesta. Pero encontré el vacío: naciste sin alma, sin latido, un hueco donde solo habita la maldad y el desierto.
¡Viento impío! Ha azotado los muros de mi existencia, dejando solo el eco de una tormenta que no termina.


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