Aquella tarde en la orilla, una voz susurró como una melodía dulce que aún me habita. En su mano tersa, el presagio: una rosa negra que el destino me entregaba.
Aún la guarda entre páginas olvidadas, marchita, seca, testigo de un naufragio. Esa flor que desarmó mi pecho con el filo agudo del desamor.
Regresé a la arena buscando el eco de su voz, pero la marea ya había traído a otra. Ahí estaba él, repitiendo el secreto, aunque esta vez, su mano ofrecía un narciso.
Vi el resplandor en los ojos de ella, mientras los míos se ahogaban en agonía. Mañana habrá otra sombra en este lugar, bebiendo, como yo, el cáliz de la amargura.
© Margarita MedGut


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